Una semana más tarde
Mia limpió con la bayeta la encimera de cobre mientras, en los
auriculares que llevaba puestos, se narraba la historia romántica que tenía
henchido su corazón hasta el punto de no saber cómo contenerlo.
Llevaba solo diez días viviendo en aquella casa, pero ya la sentía
como su hogar, a diferencia de la ostentosa mansión en la que había
crecido. En ella disponía de una cocina maravillosamente equipada en la
que podía cocinar cuanto se le antojase, una huerta y un invernadero lo
bastante grandes como para poder cultivar cuanta fruta y hortalizas fuera
capaz de hacer crecer.
Por primera vez en sus veintiún años, estaba completamente sola… si
no contaba a los guardias de seguridad que su padre había apostado en la
entrada. En un primer momento había insistido en que estuvieran dentro,
pero gracias a Dios, Immacolata, su hermana mayor, le había hecho entrar
en razón. El negocio que Imma había heredado estaba situado en la
propiedad contigua, y era precisamente el jardín de Imma lo que su padre
le había regalado a ella, de modo que su hermana estaría siempre a mano si
la necesitaba, como lo había estado toda la vida.
Como era de esperar, su padre le había hecho prometer que nunca
saldría sola de la casa. Que siempre iría acompañada de los dos
guardaespaldas. ¡Ni que pudiera ir a parte alguna sin ellos! No tenía carné
de conducir, y el pueblo más cercano estaba a unos dos kilómetros, en lo
alto de la colina en la que se alineaban los olivos que constituían la parte
principal del negocio de Imma. Pero en el pueblo no había tiendas, de
modo que, si quería ir de compras, alguien tenía que llevarla.
Un timbre la sobresaltó. Pulsó el botón de pausa en el audiolibro y
presionó el intercomunicador que su padre le había instalado en la cocina.
—¿Sí?
Uno de los guardias de seguridad le respondió.
—Hay un tal stavros kopolus aquí que quiere verla.
—¿Quién?
—stavros kopolus
Aquel nombre no le sonaba.
—¿Y qué quiere?
—Dice que es un asunto privado.
—¿Mi padre lo ha aprobado?
Seguro que sí. Solo le preguntaban a ella una vez su padre había
dado el visto bueno. Así era su mundo.
—Sí.
—Bien. Déjele pasar.
Abrió la puerta principal y salió con curiosidad. Un coche n***o y
estilizado se acercaba despacio, y vio la puerta eléctrica del perímetro
cerrándose a lo lejos.
El coche se detuvo ante el garaje de tres plazas que tenía la casa. Qué
raro. Las visitas que había recibido hasta aquel momento habían sido su
padre, su hermana y el abogado de la familia, y todos habían aparcado
delante de la puerta principal.
Su curiosidad se evaporó cuando vio bajar del coche al hombre más
sexy que había visto nunca. Alto, con el pelo oscuro peinado con tupé,
derramando vitalidad, podría ser sin dificultad portada de revista
masculina.
Se acercó a ella con paso fluido y sonrió aún con más fluidez al
mirarla, sus ojos ocultos tras los cristales de unas gafas de aviador.
Su traje de paño gris tenía pespuntes hechos a mano en las solapas,
llevaba una camisa azul con el cuello desabrochado y unos zapatos Oxford
relucientes, así que Mía se sacudió casi inconscientemente la harina
que llevaba pegada a la camiseta negra mientras se reprendía por no
haberse quitado aquellos vaqueros viejos, coloreados de verde en las
rodillas después de haberse dado un buen tute quitando hierbas a primera hora de la mañana.
Cuando el desconocido llegó a su altura, se deshizo de las gafas y le
dedicó una sonrisa que le dibujó un hoyuelo en la mejilla, y que haría que
hasta las rodillas de una monja se volvieran de gelatina. Una imagen muy
acertada, ya que ella había contemplado durante un tiempo la posibilidad
de ingresar en un convento, y las rodillas le estaban fallando.
—¿Señorita costinni? —preguntó, y unos increíbles ojos verdes
brillaron al ofrecerle una mano a modo de saludo.
Dios, qué voz… profunda e intensa. Los dedos de los pies se le
encogieron dentro de las deportivas.
Una arruga desdibujó su entrecejo y, horrorizada, se dio cuenta de
que lo había estado mirando boquiabierta, sin contestar a sus palabras ni
estrechar su mano. Reponiéndose, estrechó su mano de dedos largos y
sintió una descarga de calor correrle por las venas. Rápidamente se soltó.