4

1761 Words
Después de que Edwin sale de la librería, mi mente sigue dando vueltas al extraño encuentro. Me siento atrapada entre la realidad y lo que creo que fue un sueño. ¿Es posible que todo lo que sucedió la noche anterior sea más que un producto de mi imaginación? Intento enfocarme en el trabajo, pero no puedo dejar de pensar en sus ojos, en la manera en que me defendió. Necesito respuestas. Aprovecho un momento de calma en la tienda para dirigirme a la sección de esoterismo. Tenemos una buena colección de libros sobre lo paranormal, criaturas míticas y temas similares. Mis dedos recorren los lomos de los libros hasta encontrar uno que parece perfecto: "Los Misterios de los Vampiros: Mitos y Realidades". Lo tomo con un aire de casualidad, aunque siento una urgencia interna de encontrar algo que explique lo que está pasando. Me acomodo en mi silla detrás del mostrador y abro el libro, esperando que me ofrezca alguna pista. A medida que leo, me doy cuenta de que hay más información de la que esperaba: historias sobre vampiros que caminan entre los humanos, señales para identificarlos, y hasta rituales para protegerse de ellos. Estoy tan absorta en mi lectura que ni siquiera me doy cuenta de que María se ha acercado. La veo de reojo y su sonrisa burlona me arranca una risa nerviosa. —¿Ahora estás interesada en vampiros? —pregunta, arrancándome de mi concentración. Al levantar la vista, veo su expresión divertida y sé que estoy a punto de ser el blanco de sus bromas. —¡No! Quiero decir... es solo curiosidad, nada más —intento sonar casual, pero sé que estoy fallando miserablemente. —Ah, sí, claro, curiosidad... —repite ella con tono de incredulidad—. ¿No me digas que ese cliente tan guapo de antes te inspiró a investigar sobre chupasangres? Mis mejillas vuelven a encenderse. María es de esas personas que puede detectar cualquier pequeña anomalía en tu comportamiento y aprovecharla al máximo. —Es solo... para entretenerme. Nada más —murmuro, volviendo mi atención al libro, aunque siento sus ojos clavados en mí, disfrutando de mi incomodidad. —Bueno, si empiezas a dormir con una estaca debajo de la almohada, avísame, ¿eh? —dice con una risa, dándome una pequeña palmada en la espalda antes de regresar a su tarea. Suspiro, tratando de ignorar su burla, y vuelvo al libro. A medida que leo más, mi mente empieza a hacer conexiones que me ponen los pelos de punta. Las descripciones, las señales, todo parece encajar con Edwin. Y aunque me repito que es ridículo, no puedo negar que algo muy extraño está sucediendo. El día finalmente llega a su fin, y después de despedirme de María, decido que lo mejor será salir un poco, despejarme. Además, he prometido a mis padres pasar a verlos. No es algo fuera de lo común; suelo visitarlos cada semana, pero hoy me siento un poco más nerviosa de lo habitual. Cuando llego al edificio donde viven, saludo al portero y subo las escaleras hasta el piso de mis padres. Me recibe el olor familiar de la cocina de mi madre, lo que inmediatamente me hace sentir más tranquila. Mis padres, como siempre, están encantados de verme y comenzamos a charlar sobre temas cotidianos mientras disfrutamos de una cena sencilla, pero deliciosa. Después de la comida, mi madre menciona que han alquilado el pequeño departamento que tienen en la planta baja, algo que me sorprende porque no me habían comentado nada antes. —Oh, ¿a quién se lo alquilaron? —pregunto, tratando de sonar desinteresada, aunque la idea de conocer a un nuevo vecino siempre despierta mi curiosidad. —Es un joven muy amable —dice mi madre mientras recoge los platos—. Se llama Edwin, creo. Vino hace unos días, parece un tipo tranquilo, muy educado. Mis cubiertos caen sobre la mesa con un estrépito, y siento que la sangre se me va de la cara. "No puede ser", pienso, pero sé que es perfectamente posible. Mis padres no tienen ni idea de lo que ha estado pasando, ni de quién es Edwin en realidad, o al menos de quién creo yo que es. —¿Edwin? —repito, intentando sonar casual, aunque mi voz sale un poco más aguda de lo que pretendo. —Sí, creo que así se llama —responde mi padre, sin levantar la vista del periódico que está leyendo—. Lo conocimos apenas hace unos días, parece que le gustó el lugar. Mi mente está a mil por hora. ¿Qué debo hacer? ¿Confrontarlo? ¿Huir? Pero antes de que pueda tomar una decisión, escucho un golpe suave en la puerta principal. Mis padres no parecen notarlo, pero yo me levanto de la mesa, sintiendo que el corazón se me acelera. —Voy a ver quién es —digo, tratando de sonar normal mientras me dirijo hacia la entrada. Abro la puerta y ahí está él, Edwin, de pie frente a mí, con su expresión tranquila y amable, como si nada de lo que ha sucedido entre nosotros tuviera la menor importancia. —Hola, Eugenia —dice con esa voz suave y un tanto hipnotizante—. ¿Podemos hablar? Mi primer instinto es cerrar la puerta de un portazo, pero algo en su mirada me detiene. Algo en su manera de mirarme, como si estuviera pidiéndome que confiara en él. Y aunque cada fibra de mi ser me dice que corra en la dirección opuesta, asiento lentamente y salgo al pasillo, cerrando la puerta detrás de mí. El pasillo está sorprendentemente silencioso mientras me quedo frente a Edwin. La mente me va a mil por hora. Me acabo de pasar horas convencida de que lo que viví fue solo un sueño ridículo, y ahora lo tengo aquí, de pie, como si fuera lo más normal del mundo. —No entiendo nada —digo finalmente, cruzándome de brazos como si eso pudiera protegerme de la locura que es mi vida en este momento—. No es posible que estés aquí, como si nada. Ayer eras... diferente. Y ahora... pareces un humano común y corriente. ¿Cómo sabes de mi existencia si todo fue un sueño? Edwin me mira con una media sonrisa, esa que podría derretir a cualquiera pero que, en este instante, solo me hace fruncir el ceño con más fuerza. —Bueno, no exactamente un sueño —responde, su voz suave pero con un toque de diversión que no puedo ignorar. —¿No exactamente? —repito, soltando una risa nerviosa—. Edwin, esto no tiene sentido. Me defendiste de otro... ser, y hoy entras a la librería como si fueras... no sé, un tipo normal. Ni siquiera parecía que te acordaras de mí. —Tal vez no soy tan normal como piensas —dice, y su sonrisa se amplía, mostrándome un destello de sus perfectos dientes blancos. Y ahí, entre ellos, noto algo que no debería estar ahí: sus colmillos. Mi boca se abre, pero ningún sonido sale. Solo puedo señalar con un dedo tembloroso, sin poder apartar la mirada de esos colmillos que parecen sacados directamente del libro que había estado leyendo. Esto no puede estar pasando. Tiene que ser una broma... o estoy alucinando. —Esto es imposible —murmuro, finalmente encontrando mi voz—. Los vampiros no existen. ¡No pueden existir! —Bueno, te aseguro que existimos —responde Edwin, su tono lleno de esa misma calma exasperante, como si me estuviera explicando algo tan sencillo como la tabla del uno—. Y para que lo veas con tus propios ojos, te muestro... esto. Antes de que pueda procesar lo que está diciendo, Edwin da un paso hacia adelante y abre ligeramente la boca, revelando esos colmillos de nuevo. Esta vez, sin ninguna duda, son reales. Estoy viendo a un vampiro de verdad, y él se está tomando todo esto como si fuera una simple charla de sobremesa. —¡Esto es... increíble! —digo finalmente, sin saber si reír, gritar, o simplemente desmayarme en el acto. Apuesto que a María le encantaría escuchar esta conversación. Edwin da un paso atrás, dándome espacio y dejando que asimile lo que acabo de ver. —Lo sé, Eugenia. Sé que esto es mucho para procesar, pero créeme, no estoy aquí para hacerte daño. De hecho, estoy aquí para ayudarte, aunque no lo creas. —¿Ayudarme? —repito, finalmente recuperando algo de compostura—. ¿Por qué yo? ¿Por qué demonios estaría un vampiro interesado en ayudarme? Edwin guarda silencio por un momento, como si estuviera decidiendo cuánto decirme. —Es complicado —comienza, su tono se vuelve más serio—. Pero lo que necesitas saber por ahora es que estás involucrada en algo mucho más grande de lo que te imaginas, y necesitas a alguien que entienda este... mundo. Alguien que pueda protegerte. —¿Protegerme? —Ahora sí que no sé si reír o llorar—. ¿Protegerme de qué? ¿De otros vampiros? ¿Del tipo que intentó atacarme? —Exactamente —responde Edwin, sus ojos fijos en los míos, y por primera vez noto la gravedad en su mirada—. No todos somos... como yo. Y ahora que te han visto, no puedo dejarte sola. Mi cabeza da vueltas. Esto no puede estar pasando. Y sin embargo, aquí estoy, en un pasillo mal iluminado, teniendo una conversación surrealista con un vampiro que se ve como una versión mejorada de cualquier galán de cine. —Edwin... —digo finalmente, dejando escapar un suspiro—. ¿De verdad esperas que me crea todo esto? Porque honestamente, mi mente está a punto de explotar. Él sonríe de nuevo, esa sonrisa que de alguna manera logra ser tranquilizadora y desconcertante al mismo tiempo. —No espero que lo entiendas todo de inmediato, Eugenia. Solo te pido que confíes en mí. No sé por qué, pero hay algo en su voz, en su presencia, que me hace querer creerle. Aunque todo en mi ser grita que esto es una locura. —De acuerdo —digo finalmente, más para mí misma que para él—. Voy a intentarlo, pero, Edwin, si esto es una broma, te juro que... —No es una broma, Eugenia —me interrumpe, y su tono ahora es totalmente serio—. Lo que viste y lo que te estoy diciendo es real. Y estoy aquí para asegurarme de que sigas a salvo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD