Mientras Vladimir sale del zulo, Ivanov se acerca a mí y desengancha los grilletes de mis pies, y después desabrocha el cinturón que sujeta mi cintura. —Déjame en paz—digo separando mi muslo de sus manos—. No me toques, no me toques —repito una y otra vez, pataleando, intentando que se olvide de sus ideas. —Quietecita y sin moverte —dice rápido, colocándose a horcajadas sobre mí. Después acaricia mis pechos desnudos, siento asco de mí misma, al ver cómo reaccionan mis pechos. En este sitio paso tanto frio que mis pezones se ponen erguidos enseguida, al sentir que sus manos están extremadamente calientes. —Así me gusta —comenta pellizcándolos, antes de llevar uno de ellos a su asquerosa boca. —¡Ay! —Me quejo por el dolor—. ¡Quieres soltarme ya animal! —grito, al sentir sus dient

