Él hizo como si yo no existiera y, cuando el ascensor paró en su piso, se bajó sin siquiera despedirse. Algo muy grosero de su parte.
"¿Y qué esperabas, Rachel Knigth? Si tú lo habías abandonado cuando más te necesitaba. El tipo debe odiarte", me repetía constantemente. Cuando llegué a mi piso, no estaba del mejor humor posible y, para colmo, mi madre entró en mi oficina sin anunciarse.
—¿Cuántas veces te he dicho que te anuncies?
—No tengo por qué hacerlo, soy tu madre y soy la jefa.
—Así nadie me va a tomar en serio, porque siempre pasas por encima de mí cada vez que te da la gana.
—¿Y quieres que te respeten o que te tengan miedo? —preguntó, tomándome por sorpresa.
—¿A qué te refieres?
—No sonríes jamás, estás seria todo el tiempo y, cuando te enojas, les gritas a todos. Así que les das terror. Igual que tu padre lo hacía.
—¿Por qué no me lo habías dicho antes?
—¿El qué?
—El por qué todos me tienen miedo.
—Eres tan inteligente, de hecho, una de las personas más inteligentes que conozco, pero en esa misma proporción eres fría. Todos te tienen miedo por eso, y pensé que te darías cuenta tú misma.
Rodé los ojos un poco.
—Pues ya ves que no me di cuenta.
—¿Ves por qué pensé que Ares te haría bien? Porque tú no eras así.
—Es parte de ser adulto, mamá. Los adultos tenemos problemas y tú lo sabes. Así que, por favor, ya deja ese tema atrás.
—No seas cabezota, Rachel; te lo digo por experiencia, no quiero que seas como yo.
—¿Y qué tiene de malo ser como tú?
—¿Quieres ser alguien sola y triste? —dijo, seria.
—¿Así te sientes?
Asintió.
—¿Y por qué no rehiciste tu vida? Tuviste a Cedric y lo dejaste ir.
—No sabes nada sobre Cedric, Rachel, así que mejor no lo menciones.
—Y tú no sabes nada sobre Ares y, sin embargo, lo tenemos aquí trabajando con nosotras. Creo que debería, no lo sé, llamar a Cedric e invitarlo a formar parte de Knigth Industrias.
—No te atreverías, Rachel.
—¿Me quieres poner a prueba? Sabes muy bien de todo lo que soy capaz.
Ella se acercó a mi escritorio y, golpeándolo con una mano, me hizo saltar del susto.
—No estoy con Cedric porque era un jodido psicópata. ¿Contenta? —preguntó, enojada.
—Necesito más información.
—Eso no es asunto tuyo, Rachel. No escarbes cosas que no te conciernen. Si traje a Ares es porque pensé que volverías a ser mi niñita dulce y no esta cosa sin sentimientos que a veces eres. Pensé que aún lo amabas y que los dos podían darse una última oportunidad, no como tu padre y yo, que no la tuvimos —dijo, dándose la vuelta y saliendo de mi oficina, furiosa.
Sus palabras siempre me hacían entrar en razón, pero precisamente porque no quería ser completamente como ella era que había hecho todo esto.
Llamé a Sky y la invité a almorzar. En realidad, mi plan era que me contara todo sobre Cedric.
—Ahora mismo estoy pintando, pero si quieres verme, puedes traer algo para almorzar y me ves pintar.
—¿Me prestarás atención? Porque siempre que dices eso solo pintas y respondes con monosílabos.
La escuché reír.
—No puedo prometerlo, pero lo voy a intentar.
—Suficiente para mí. Nos vemos.
—Te amo —dijo, cortando la llamada.
Le pedí a mi secretaria que pidiera comida vegana para tres, y cuando estuvo lista, me fui a la galería de Sky. El lugar era un paraíso para relajarse; los largos pasillos llenos de pinturas y con la luz adecuada calmaban hasta al más ansioso.
Emma, la mano derecha de Sky, me recibió con un abrazo.
—¿Comes comida de conejo con nosotras?
—Que no te escuche tu tía, o te dará un sermón por llamarla coneja —dijo Emma, riendo.
Entré en el estudio de Sky y me acerqué a ella, dándole un beso en la mejilla.
Apartó la mirada de su cuadro y me miró, confundida.
—¿Y ese beso? Dios, es el fin del mundo; ya mismo voy a gastar todo mi dinero a lo loco.
Me reí, llamándola tonta.
—Si yo siempre soy cariñosa contigo.
Negó.
—No es cierto. Tú eres eso que yo llamaría un gatito n***o salvaje.
—Y yo que me consideraba un león.
—Yo diría más como una pantera de esas negras, por tu color de cabello. Ahora dame diez minutos para terminar aquí y estoy contigo.
Asentí, dejándola terminar su cuadro, y me puse a toquetear sus materiales de pintura. Adoraba sus millones de pinceles y todas esas montañas de pinturas que tenía en su estudio. Cuando era niña, pasaba horas en este lugar. Ella me había enseñado a pintar, y aunque lo hacía bien, mis cuadros no se comparaban a sus obras de arte. Pero si había algo que había aprendido, era que pintar te relajaba por completo.
Estuve un par de minutos ahí, perdida entre ese montón de colores, cuando Sky me sacó de mis pensamientos.
—No sé por qué no seguiste pintando si eres realmente buena.
Me encogí de hombros.
—La adultez.
—¿Y yo qué soy? Así que esas son solo excusas.
—Alguien tenía que ayudar a mamá con la empresa, así que ya sabes.
—Buen punto, pequeña. Ahora vamos a comer que me muero de hambre.
Durante el almuerzo, aproveché para preguntar por Cedric y Emma se ahogó, tanto que estuvo un largo rato en el baño. Después entendí que solo lo hizo para huir de la pregunta. Maldita Emma, era mi ídolo.
—¿Lo dices por lo que comenté el otro día?
Asentí.
—Mamá me dijo que salió con él y que era un psicópata, pero no me contó nada.
—¿Y para qué quieres saber sobre él, Rach?
—Porque tengo curiosidad. Jamás imaginé que mi madre, la eterna enamorada de mi padre, saliera con alguien más. Así que quiero saberlo todo.
—¿Prometes no decir que yo te lo conté? Y, si ella te lo cuenta, ¿prometes actuar sorprendida, como si no supieras nada?
—¿Por quién me tomas? Obvio que no le diré nada.
—Cedric se parecía mucho a tu padre. De hecho, era como una especie de versión rubia de él.
—¿Entonces ella tuvo algo con él porque se parecía a mi padre?
—Algo así, es complicado de explicar porque fue algo mutuo. La ex de Cedric se parecía a nosotras, así que él se acercó solo por eso.
—¿Es eso posible?
—Las coincidencias son tan grandes y posibles, cariño.
Ella me contó todo sobre él, y yo me quedé sorprendida, porque aunque mi madre me había dicho que no se había enamorado, la tía Sky me confesó que sí se había enamorado un poco.
—Pero solo se enamoró del hombre tan parecido a Ramsés que él había creado para que Bree le hiciera caso.
—Vaya, qué jodido todo. Con razón se enojó tanto cuando le dije que lo llamaría y lo invitaría a trabajar con nosotras.
Sky puso los ojos como platos.
—¿En serio hiciste eso?
—Solo quería que viera que no está bien volver a traer el pasado al presente.
Sky rió.
—Es un buen punto, pequeña. Pero Cedric es un poco peligroso. Tiene una orden de alejamiento de todos nosotros.
Asentí.
—Lo entiendo, tía Sky. Gracias por contármelo. Ya sé que no debo mencionarlo más.
—Yo pensando que venías a comer conmigo porque me extrañabas, y solo viniste por información. Me saliste más calculadora de lo que pensé.
Me reí y le di un abrazo, llenándola de besos.
—Por mí viviría contigo, pero ya sabes, no puedo dejar a mamá sola.
—Lo sé, pequeña —dijo, despidiéndose de mí.
Cuando volví de mi almuerzo, surgió un pequeño problema que requería que mi madre se reuniera con alguien de legales, pero no respondió su teléfono. Así que el problema fue derivado a la CEO de la empresa, y con todo el pesar del mundo tuve que recibir a Ares en mi oficina.
Cuando mi secretaria lo anunció, me puse nerviosa porque, aunque habíamos estado solos en el ascensor, no nos habíamos visto de frente y ahora era completamente diferente, porque estaríamos uno frente al otro, solo separados por mi escritorio, que de pronto se sentía tan pequeño.
Cuando Ares entró en mi oficina, lo hizo con aquella imponencia que lo caracterizaba. Él era tan guapo y estaba para chuparse los dedos; siempre había sido así, pero ahora que era un adulto, estaba mil veces mejor. Su perfecto traje de dos piezas estaba entallado a su cuerpo, dejando ver las horas de gimnasio.
Puse cara de póker y, señalando un asiento frente a mi escritorio, lo invité a sentarse.
—Buenas tardes, señorita Knigth. Debemos discutir este tema —dijo, poniendo una carpeta en mi escritorio.
¿Señorita Knigth? Carajo, escucharlo tan indiferente dolió un poco. Pero, tragándome lo que sentía, asentí, abriendo la carpeta, y él me imitó, abriendo la suya. Empezó profesionalmente explicándome lo que decían los documentos, y aunque estaba un poco distraída por su voz ronca y sexy, me concentré lo mejor que pude.
—¿Qué aconseja que hagamos, señor Hastings? —pregunté, hablando por primera vez desde que él llegó.
Vi algo en su mirada que no puedo describir con exactitud, pero algo cambió en él. Creo que también le dolió que lo llamara señor Hastings y no “mi vida” como solía decirle. Pero frunció el ceño cuando se vio descubierto, y con esa seriedad que lo caracterizaba, me empezó a explicar el proceder.
Cuando terminó de explicarlo, asentí sin verlo. —Prepare el documento y lo firmaré. Ahora puede retirarse, señor Hastings —dije, echándolo y concentrándome en otro documento que debía revisar.
De reojo, lo vi tomar sus cosas y levantarse para salir, poniendo fin a mi tortura, pero se detuvo en seco y, sin darse la vuelta, habló:
—¿Por qué? ¿Por qué me dejaste cuando más te necesitaba?