Y Ryan, mi dulce Ryan, había logrado esto. Le di un beso en los labios y mi teléfono sonó, mostrándome el nombre de mi madre. Carajo, esto era lo último que me faltaba. Sabía que si no contestaba, ella vendría aquí, por lo que, frustrada, tomé mi teléfono y me fui al baño, dejando a Ryan ahí, solo, con la enorme erección marcada en sus pantalones. —Cariño, te necesito en una reunión en veinte minutos —dijo ella apenas contesté. —¿Y la tolerancia de una hora, señora Knigth? —Se me había olvidado que tenía otra reunión. Prometo recompensarte, bebé. Suspiré. —Está bien, ahí estaré. Por favor, mándale a mi secretaria todo lo necesario —dije, cortando la llamada. Olía a sexo, y aunque ni siquiera habíamos llegado a más, estaba empapada de mis jugos, por lo que agradecí siempre tener ropa ext

