—Dante tú y yo tenemos un contrato firmado —le recuerdo. —Y unas ganas de follar tremendas —me aprieta las dos nalgas restregándome la muestra de su deseo. —No juegues joder —le empujo seria, eso que hace me incomoda. No puede cambiar los términos de nuestro acuerdo cada vez que le plazca —. No se puede hablar contigo. —Si estás cachonda poco... —Tú siempre me pones cachonda —resoplo y salgo al recibidor de su penthouse cuando llegamos. —Por eso nunca podemos hablar —me da una nalgada y me invita a entrar al resto del apartamento. —Escucha coño, deja de hacer eso. —¡Párame! —me retas riéndose a mandíbula batiente. Es muy impertinente y lo hace a propósito. Le encanta. —Dios, qué exasperación andante que eres —alzo las manos al techo. Irritada. —Y tú que buena estás —me pega a su

