Narra Clara No sé en qué momento el aire de la oficina se volvió tan denso, pero lo siento pegado a mis pulmones incluso después de haber salido de allí. Camino por el pasillo con los dedos aún temblorosos, como si la sola presencia de Sebastián hubiese dejado un rastro invisible sobre mi piel. Y no debería ser así, no debería afectarme tanto… pero lo hace. Desde que lo vi esta mañana junto a esa mujer —esa mujer que él llamó con tanta naturalidad— no puedo pensar con claridad. Ella, rodeándolo como si perteneciera a su espacio, como si conociera sus horarios, sus humores, sus silencios. Como si fuera suya. Y yo… yo no tengo derecho a que eso me moleste. No lo tengo. Pero lo siento igual, un ardor sordo en el pecho que se niega a disolverse. Me apoyo contra la pared antes de entrar al

