Daniel nos condujo al centro comercial en su elegante coche n***o, manteniendo un silencio que solo se rompió por el suave murmullo del motor. El corto trayecto de menos de quince minutos nos llevó al corazón de la ciudad, donde todo parecía estar a nuestro alcance. El centro comercial, majestuoso y de tres pisos, desplegaba su oferta ante nosotros. Cada tienda exhibía su propia gama de ropa, conviviendo con un variado conjunto de establecimientos que incluían desde un restaurante hasta una tienda de videojuegos, e incluso se rumoreaba la presencia de un cine. Desorientada por la magnitud del lugar, opté por seguir a Ana, mi experta hermana en moda. Mientras ella exploraba vestidos, me sumergí en la sección de ropa deportiva, encontrando un tesoro de opciones. Daniel, en su rol de acomp

