—Tienes una buena cabeza, palabra. —Ha hecho girar a más de una —replicó el joven magistrado, en un tono a la vez convencido y molesto. Al acostarse, Frédéric hizo un resumen de la velada. Primero, su atuendo (se había mirado en los espejos varias veces), desde el corte del traje hasta el lazo de los escarpines, no dejaba nada sin tocar; había hablado a hombres importantes, había visto de cerca a mujeres ricas. El señor Dambreuse se había mostrado inmejorablemente y la señora Dambreuse casi insinuante. Pesó una a una sus menores palabras, mil cosas inanalizables y, sin embargo, expresivas. ¡Qué hermosa valentía sería tener de amante a una mujer como aquélla! ¿Por qué no, después de todo? Él valía tanto como otros. Quizá ella no era tan difícil. Martinon volvió enseguida a su memoria; y,

