Eran los primeros días de abril. Las hojas de las lilas empezaban a reverdecer, un aire circulaba en el ambiente, piaban los pajaritos, alternando su canto con el ruido lejano de la forja de un carrocero. Frédéric fue a buscar una badila; y, mientras se paseaban juntos, el niño levantaba montones de arena en el paseo del jardincillo. Mme. Arnoux no creía que el niño fuese a tener de mayor una gran imaginación, pero era de carácter cariñoso, afectuoso. Su hermana, al contrario, tenía una sequedad natural que, a veces, la hería. —Eso cambiará —dijo Frédéric—. Nunca hay que desesperar. Ella replicó: —Nunca hay que desesperar. Esta repetición mecánica de su frase le pareció una especie de ánimo; él cogió una rosa, la única del jardín. —¿Se acuerda usted… de un ramo de rosas, una tarde,

