CAPÍTULO II Frédéric encontró en la esquina de la calle Rumfort un hotelito y se compró, de una vez, el cupé, el caballo, los muebles y, en casa de Arnoux, dos maceteros para poner en el salón a los dos lados de la puerta. Detrás de esta habitación había un cuarto y una salita. Se le ocurrió la idea de alojar allí a Deslauriers. Pero, ¿cómo lo vería «ella», su futura amante? La presencia de un amigo sería un estorbo. Tiró el tabique para ampliar el salón y convirtió la salita en fumadero. Compró los libros de sus poetas preferidos, de viajes, atlas, diccionarios, pues tenía innumerables planes de trabajo; daba prisa a los obreros, corría a las tiendas y, en su impaciencia de gozar de las cosas, se llevaba todo sin discutir el precio. Según las facturas de los proveedores, Frédéric se di

