…Horas más tarde…
Llegué bastante tarde a la casa que compartía Joshua con el capitán, aunque como su habitación estaba más apartada que la mía, no tenía problema alguno, no existía la posibilidad de despertarlos, así que me dirigí hacia la cocina, pegándome un susto terrible cuando vi a Leo sentado en el salón.
Cuando me vio se levantó de su asiento queriendo acercarse, mientras que yo sentía mi corazón acelerado, por un lado, porque me asusté y por otro, porque deseaba con todas mis fuerzas verlo a pesar de que ya me había rendido.
—Hola— me saludó.
—Hola— respondí, un poco nervioso, acercándome para hablar a una distancia más adecuada.
—Primero, lamento haberme ido de esa forma— comenzó diciendo— y segundo, quiero hablar sobre lo ocurrido aquella vez.
—Está bien— dije nervioso, me daba miedo oír sus palabras.
—Claramente fue un error, nosotros estábamos borrachos y no estuvo bien, sobre todo porque somos amigos, pero…
—Olvidémoslo— le dije con el pecho encogido, no quería que me dijera lo que yo ya suponía que pensaba sobre aquel día— como bien dijiste, fue un error.
Leo se quedó en silencio, observándome a los ojos antes de asentir, aceptando olvidar lo ocurrido durante aquel día.
—No dejemos que esto altere nuestra amistad— le pedí, a lo que él sonrió aceptando nuevamente.
—Es lo mejor— confirmó sonriendo con mayor naturalidad, parecía incluso aliviado— por cierto, vuelve a vivir conmigo.
Pensaba en decir que no, creía que era una pésima idea, pero no deseaba que creyera que me importaba lo que había ocurrido entre nosotros, por ello decidí aceptar y tomé mis cosas con tal de regresar a su casa.
Esta vez él se había encargado de rellenar la despensa, así que como estábamos recuperando nuestra amistad, hablábamos con naturalidad, casi como si nada hubiese pasado. Obviamente yo fingía que estaba bien, a pesar de que tenía enormes ganas de llorar.
—Por cierto, ¿tienes hambre? —me preguntó, sentándose cerca de la mesa que había en su cocina, donde yo me encontraba cocinando.
—No— respondí viéndolo un instante a los ojos.
—¿Entonces por qué estás cocinando? —preguntó observándome atentamente.
—Oh…—dije riendo— olvidé decirte, mañana saldré con Mateo.
—¿Con Mateo? —repitió con extrañez.
—Sí, él dijo que haríamos un pícnic y por eso estoy preparando la comida de mañana, nos iremos temprano— le avisé, viendo como hacía un gesto de “Vale” sin preguntar demasiado.
Él no preguntó detalles, ni yo se los dije, de hecho, cambiamos de tema y con total libertad hablábamos creyendo que seríamos capaces de recuperar nuestra amistad, cuando era evidente que yo no podía. Verlo me lastimaba, me hacía mucho daño, aunque más daño me hacía cuando no lo veía, así que me obligaba a mí mismo a superar esto.
Nosotros somos amigos, no puedo pensar en nada más por mucho que lo desee, además no puedo dejarle ver que me duele saber que me consideró un error, ni siquiera puedo dejar que se dé cuenta de que tengo un nudo en la garganta que disfrazo con una sonrisa.
—Todo estará bien…—me obligaba a pensar.