Capítulo I
Nueva York no dormía. Nunca lo hacía.
Sus calles rugían con vida propia, como un monstruo mecánico de millones de extremidades: bocinazos, sirenas lejanas, pasos apurados, discusiones callejeras, murmullos en idiomas distintos… Una ciudad tan viva que parecía inmortal.
Ariadna Varela caminaba con rapidez entre la multitud de la Avenida Lexington, sus pasos firmes pero silenciosos, como si llevara un peso invisible sobre los hombros. Eran las 7:03 de la mañana. Demasiado temprano para su gusto. La bufanda gris le cubría la mitad del rostro, más por protección emocional que por frío. El cielo estaba gris, amenazando lluvia. Los rascacielos se alzaban como gigantes mudos, vigilando una ciudad que no sabía que iba a morir.
En su mochila llevaba una botella de jugo, un pequeño peluche de conejo… y los deberes de su hermana de seis años, Cloe. La niña había olvidado meterlos en su mochila la noche anterior y Ariadna, resignada, había prometido llevarlos al colegio antes de ir al trabajo.
—“Siempre te olvidas algo, pequeña desastrosa…” —murmuró con cariño, sonriendo apenas.
Cloe era lo único que le quedaba. Su madre, María, había muerto dos años atrás tras una larga batalla contra el cáncer de páncreas. Lo que la enfermedad no destruyó, lo hizo el tratamiento. Ariadna había presenciado cómo la mujer más dulce del mundo se consumía hasta volverse un suspiro. Desde entonces, su vida cambió para siempre.
El padre de ambas, el coronel Esteban Varela, era un hombre de carácter impenetrable. Alto, de espalda recta, mirada de acero, y con más medallas que sonrisas. Sirvió en conflictos que nadie quería recordar. No lloró en el funeral de su esposa. Simplemente tomó la mano de Ariadna y le dijo:
—“Ahora te toca proteger a tu hermana. Como yo te protegí a ti.”
Eso fue todo.
Ariadna no lo culpaba. Él servía a su país como una extensión de sí mismo, con la precisión de un arma y la frialdad de una leyenda. Pero eso significaba que estaba ausente casi siempre. Misiones especiales, reuniones clasificadas, traslados de emergencia…
Ahora, Ariadna era madre, hermana, y protectora de Cloe. Todo al mismo tiempo.
A las 7:39 am, el primer incidente fue reportado en Brooklyn: un hombre mordió a una enfermera en la sala de emergencias del Hospital Kings County. No un mordisco de desesperación, sino uno rabioso, animal, arrancando carne con los dientes. Fue contenido. Supuestamente.
Ariadna no sabía nada de eso mientras llegaba al colegio y le entregaba a la profesora de Cloe la carpeta olvidada.
—“Gracias por traerla. Cloe es tan dulce…” —dijo la maestra.
Ariadna sonrió levemente.
—“Sí, cuando no está tirando pintura en las paredes.”
Salió del colegio, sacando su celular para revisar mensajes. Nada del coronel. Como siempre. Solo uno de un número desconocido:
Estén alerta. Algo no va bien. Mantente cerca de Cloe. — E.
Su padre. Sin firma oficial. Sin emojis. Sin protocolo. Eso era nuevo.
Sintió un escalofrío. ¿Qué estaba pasando?
A las 9:07 am, se registraron cinco incidentes más. Esta vez en Manhattan. Gente atacando a peatones sin provocación. Videos comenzaron a circular en r************* . Algunos los tomaban como bromas. “Zombies en Nueva York 😂”, decían. Otros gritaban bioterrorismo, virus, conspiración…
Pero Ariadna no tenía tiempo para teorías. Un mal presentimiento se había instalado en su pecho. Algo oscuro. Como la presión antes de un huracán.
Tomó el metro de regreso al apartamento. Las luces parpadearon en el túnel. Un olor extraño flotaba en el vagón. Desinfectante, sudor… y algo más. Un tipo en la esquina tosía sangre en una servilleta.
Ella se bajó dos estaciones antes.
A las 11:31 am, el primer canal oficial de noticias reportó “disturbios inexplicables” y pidió a la ciudadanía mantenerse en sus hogares. Fue entonces cuando Ariadna recibió el segundo mensaje:
Protocolo 9 activado. Dirígete al punto seguro Alfa. De inmediato. No esperes órdenes. Lleva a Cloe.
El corazón se le detuvo un segundo.
Protocolo 9 era una orden secreta, usada por su padre en caso de colapso nacional. Una vez, cuando tenía quince años, él le explicó entre susurros lo que significaba:
—“Si alguna vez recibes esa orden, no preguntes nada. Corre. Como si el infierno viniera tras de ti.”
Corrió al colegio. Las calles comenzaban a llenarse de caos. Sirenas. Gente gritando. Una ambulancia ardiendo. El cielo se tornó aún más gris, como si la ciudad supiera que estaba sangrando por dentro.
El colegio estaba cerrado. Los profesores discutían con padres nerviosos en la entrada.
—“¡Busco a mi hermana, Cloe Varela!” —gritó Ariadna, abriéndose paso entre la multitud.
Una profesora de rostro pálido la reconoció y la llevó dentro. Cloe estaba en una pequeña sala, abrazando a su conejo de peluche. Tenía los ojos grandes, llenos de preguntas.
—“¿Qué pasa, Ari? ¿Es como una película rara?”
—“Algo así, pequeña. Vámonos.”
Tomó su mano con fuerza. Salieron por la puerta trasera mientras varios padres comenzaban a alzar la voz, exigiendo saber qué ocurría.
Al girar la esquina, Ariadna lo vio por primera vez: un cuerpo arrastrándose por el suelo. Le faltaba media pierna. Tenía los ojos blancos, la boca entreabierta en un gruñido espantoso. No sangraba como un herido… sangraba como algo que ya estaba muerto.
—“No mires, Cloe. Cierra los ojos.”
Pero era demasiado tarde. La niña gritó.
A las 12:12 pm, ya no había duda.
Los muertos caminaban.
Ariadna llegó al apartamento a duras penas. El caos se había extendido como un incendio: buses volcados, estaciones cerradas, gente corriendo, cuerpos en las aceras. Algunos policías trataban de contener a los infectados… sin éxito.
Una mujer se lanzó contra un oficial. Él disparó una vez. No cayó. Disparó de nuevo. Nada. Al tercer disparo, en la cabeza, el cuerpo se desplomó como un muñeco roto.
A la cabeza, pensó Ariadna. Siempre a la cabeza.
Subieron al departamento en el quinto piso. Cerró la puerta con doble llave, bloqueándola con una estantería. Encendió la televisión.
Las noticias ya no eran noticias. Eran gritos, alarmas, mensajes de emergencia.
“—Las autoridades están trabajando en un protocolo de evacuación—”
“—Se ruega a los ciudadanos que permanezcan dentro de sus hogares—”
“—Repetimos: no intente confrontar a los infectados—”
Cloe lloraba en su regazo. Ariadna la abrazó con fuerza.
—“Papá va a venir por nosotras, ¿verdad?” —preguntó la niña.
—“Sí. Claro que sí.”
Mentira. Pero una necesaria.
A la 1:06 pm, recibió la última transmisión de su padre:
Estoy en camino. No salgas. No abras la puerta. Si no llego antes del anochecer, sigue el plan Alfa. Confía en ti. No en los demás.
Después de eso, solo estática.
Ariadna miró por la ventana. El cielo estaba teñido de rojo por el humo. Una parte de la ciudad parecía estar en llamas. Helicópteros sobrevolaban el Hudson. Y abajo, en las calles… ellos. Decenas. Cientos. Moviéndose con lentitud, como una sola conciencia, hambrienta, interminable.
—“Ari…” —dijo Cloe, en voz baja— “Tengo miedo.”
Ariadna le tomó la mano.
—“Yo también.”
Y por primera vez, lo admitió en voz alta.
A las 2:43 pm, escucharon un golpe en la puerta. Luego otro. Tres. Cuatro. El sonido húmedo de carne golpeando madera.
—“¡Hay alguien afuera!” —susurró Cloe.
Ariadna no respondió. Tomó el cuchillo de cocina que había dejado cerca. Se acercó con cautela. Otro golpe. Esta vez más fuerte. Algo gemía al otro lado. Rasguños. Golpeteos rítmicos.
No abras. No confíes. No tengas compasión.
Pero entonces, una voz humana, ronca, gritó:
—“¡Por favor! ¡Por favor, están detrás de mí!”
Ariadna dudó. Cloe la miró con ojos suplicantes.
—“¿Es papá?”
—“No lo sé…”
El corazón le latía en los oídos.
Silencio.
Luego… un grito. Y la voz humana se transformó en un aullido desgarrador. Algo fue arrastrado por el pasillo. Un sonido de huesos rompiéndose.
Ariadna retrocedió.
El infierno ya estaba en su puerta.