Capítulo 35: Silencio roto

1489 Words
Capítulo 35: Silencio roto El callejón donde se habían refugiado estaba sumido en una penumbra densa, iluminada solo por los primeros rayos de un sol que aún no se decidía a salir. Afuera, el golpeteo contra el contenedor seguía retumbando como un tambor de guerra. Los rugidos y los arañazos se mezclaban en un coro enfermizo. —No podemos quedarnos aquí —susurró Mason, revisando la pistola—. En cuanto derriben eso, estaremos muertos. Ariadna asintió. Cloe, aún pegada a ella, miraba a su alrededor con ojos grandes, asustada pero en silencio. —¿A dónde? —preguntó Ariadna. Mason señaló con la barbilla hacia una escalera oxidada que subía a un edificio al lado. —Por ahí. Con suerte, salimos por la azotea y encontramos otra ruta. --- El sonido de cuerpos cayendo al suelo era como una lluvia de carne y hueso. Los infectados, que un segundo antes colgaban inmóviles del techo, ahora se erguían con movimientos espasmódicos, los huesos crujiendo como ramas secas. Sus ojos, vidriosos y pálidos, parecían clavarse directamente en Ariadna. —¡Corre, Cloe! —gritó, empujándola hacia el lado contrario de la sala. No había tiempo para pensar. El primer infectado se abalanzó contra ella con la mandíbula desencajada, y Ariadna le enterró el machete en la sien. La hoja entró con un sonido húmedo, y el cuerpo cayó como un saco de piedras. Pero no había espacio para celebrar: otros cinco ya venían hacia ellas. --- Cloe trataba de correr, pero sus zapatillas resbalaban sobre el suelo cubierto de polvo y sangre seca. Ariadna giró a tiempo para empujar a otro infectado que casi la alcanzaba, clavándole el machete en la clavícula. El arma quedó atascada. —¡Mierda…! —tiró, pero la hoja no cedía. El infectado rugió, intentando morderla, y Ariadna reaccionó con pura rabia: le estrelló la cabeza contra la pared hasta que dejó de moverse. Sangre negra le salpicó el rostro. --- —¡Ari! —Cloe gritó desde el otro extremo. Ella se giró… y vio cómo tres infectados la rodeaban. La niña retrocedía contra una mesa, las manos temblando. —¡CLoe, AGÁCHATE! —Ariadna echó a correr, sacando la pistola que Mason le había dado. Los disparos retumbaron, reventando cráneos uno tras otro, pero el eco atrajo a más. Desde el pasillo por donde habían entrado, nuevos rugidos se unieron al caos. --- Fue entonces cuando escuchó un grito ronco. —¡ARIADNA, ABAJO! Se tiró al suelo justo cuando una ráfaga de fuego automático destrozó a los infectados que estaban por alcanzarla. La sangre salpicó en todas direcciones. A través del humo y los destellos, una silueta apareció… cojeando, pero viva. Mason. Su rostro estaba cubierto de arañazos y sangre seca, pero sus ojos ardían con determinación. —No me libro tan fácil de ustedes —dijo, mientras cambiaba el cargador—. ¡Pero muévanse ahora! --- El grupo avanzó hacia la única salida: una puerta doble al fondo de la sala. El problema era que estaba bloqueada por un escritorio enorme. —¡Yo lo muevo! —Mason dejó el arma, empujando con todas sus fuerzas. Ariadna cubría su espalda, disparando y golpeando con el machete cada vez que uno se acercaba demasiado. Un infectado más grande, con la piel inflada y costras por todo el cuerpo, emergió de la oscuridad. No rugía; simplemente caminaba, lento pero firme, apartando a los demás como si fueran muñecos. —¿Qué… es eso? —Cloe susurró, con lágrimas en los ojos. --- Ariadna lo supo antes de que llegara: no podían vencerlo a golpes. —¡Mason, rápido! —¡Ya casi…! —El escritorio cedió y la puerta se abrió, pero el monstruo ya estaba a unos metros. Ariadna tomó la decisión en un instante: —¡Sácalas! —le gritó a Mason. —¡No! —replicó él, pero Ariadna ya estaba lanzándose contra el infectado para ganarles unos segundos. Chocó contra él con todo su peso, clavándole el machete en el cuello. La carne era dura, como cuero seco, pero logró que retrocediera lo suficiente para que Mason y Cloe salieran. El monstruo la agarró por el brazo y la lanzó contra una columna. Sintió el aire escapársele de los pulmones. Tosió sangre… pero siguió luchando. Disparó directo a la cabeza. Una vez. Dos. Tres… hasta que el cráneo explotó y el cuerpo cayó. --- —¡Ari! —La voz de Cloe la guió fuera de la sala. Mason cerró la puerta de golpe y la trabó con una barra metálica. Los tres quedaron jadeando en un pasillo largo, con las paredes manchadas de huellas ensangrentadas. Ariadna se dejó caer de rodillas, temblando. Cloe corrió a abrazarla, sollozando. —No me dejes, Ari… no me dejes nunca. Ariadna la abrazó con fuerza, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a disiparse y el peso de lo ocurrido la golpeaba como un ladrillo. Mason, apoyado contra la pared, los miraba… y por primera vez, en mucho tiempo, sus ojos parecían decir algo que las palabras no podían: *no estamos rotos del todo… todavía*. Pero en el silencio que siguió, un nuevo rugido resonó desde las profundidades del edificio. Y supieron que esto no había terminado. Llegaron a una ventana rota en el tercer piso. El interior estaba oscuro, y un aire frío salía desde adentro. Mason se asomó, linterna en mano, y lo que iluminó les heló la sangre: docenas de infectados… quietos. Estaban dispersos por el pasillo, apoyados contra las paredes o tirados en el suelo, en un letargo espeluznante. Algunos tenían la boca abierta, respirando con un silbido húmedo; otros parecían muertos de verdad, hasta que un espasmo en un dedo o el temblor de un párpado delataba que no lo estaban. —Están… dormidos —murmuró Mason—. O algo así. —¿Dormidos? —Ariadna frunció el ceño—. ¿Desde cuándo hacen eso? —No lo sé… pero si hacemos ruido, nos despedazaran en segundos. --- Entraron despacio, con pasos medidos, evitando pisar cascotes o vidrios. Cada metro recorrido era una batalla contra el instinto de correr. El silencio era tan absoluto que Ariadna podía escuchar el latido de su propio corazón. En una de las esquinas, pasaron junto a una mujer infectada que aún llevaba un vestido de fiesta, ahora cubierto de sangre seca. Su mandíbula estaba ladeada y la piel del cuello desgarrada. Los dedos se movían levemente, como si soñara con atrapar algo. --- A mitad del pasillo, Ariadna vio algo extraño: una puerta entreabierta con un leve resplandor dorado. Dentro había una habitación más limpia, como si alguien hubiera intentado fortificarla. Sobre una mesa, descansaba una radio portátil y una botella de agua medio llena. —Podría servirnos —susurró ella. Mason negó con la cabeza. —No vale la pena arriesgarse. Pero Ariadna dio un paso hacia allí. Fue entonces cuando ocurrió. --- Un fragmento de yeso cayó del techo, chocando contra una lata vacía en el suelo. El sonido metálico reverberó como un disparo. Las cabezas de los infectados se alzaron al unísono. Los ojos blancos se abrieron. El silencio murió. El primer rugido estalló desde el fondo del pasillo, y como si una ola invisible los hubiera sacudido, todos los cuerpos se lanzaron hacia ellos. —¡Corre! —gritó Mason. --- El pasillo se convirtió en una trampa mortal. Ariadna tomó a Cloe de la mano y corrió, esquivando brazos que se estiraban desde ambos lados. Uno de los infectados más rápidos saltó sobre Mason; él lo empujó contra la pared, clavándole el cuchillo bajo la mandíbula. Doblaron una esquina y encontraron una escalera de emergencia… derrumbada a la mitad. —¡Mierda! —Ariadna buscó otra salida. Detrás, el rugido de la horda subía por las paredes. —Toma a Cloe —dijo Mason, agachándose—. Te impulso. Ariadna no discutió. Con su ayuda, trepó al borde roto, arrastrando a Cloe hacia arriba. La niña lloraba, tratando de no gritar. Pero cuando Ariadna se volvió para ayudar a Mason, lo vio desaparecer bajo un grupo de infectados que lo empujaron contra el suelo. —¡MASON! —El grito salió antes de que pudiera detenerlo. --- El ruido atrajo a más. Ariadna no tuvo opción: tomó a Cloe y corrió por el nuevo pasillo, buscando desesperada una salida. Las puertas cerradas y las ventanas enrejadas las empujaban más y más hacia el interior del edificio. Finalmente, llegaron a una gran sala… y allí cometieron el peor error. Al entrar, Cloe tropezó con un esqueleto en el suelo. El golpe hizo que un soporte metálico cayera contra la pared con un estruendo seco. Ariadna levantó la vista… y vio que las paredes y el techo estaban cubiertos de ellos. Decenas de infectados, colgando como murciélagos, con las extremidades torcidas, comenzaron a moverse. Uno a uno, cayeron al suelo. Y entonces Ariadna entendió que estaban atrapadas.
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