Capítulo 5: El Núcleo del Silencio
El aire olía a humedad, óxido… y muerte.
Ariadna sostenía con fuerza la linterna, mientras Cloe se aferraba a su mano como si su vida dependiera de ello. Frente a ellas, el cartel desgastado decía: “SECCIÓN OMEGA – ACCESO RESTRINGIDO”. Una zona del hospital cerrada con llave… hasta ahora.
Con esfuerzo, lograron forzar la puerta de seguridad. El metal chirrió con un gemido agudo, como si el mismo lugar suplicara no ser abierto. Dentro, el silencio era absoluto, apenas roto por el zumbido de una luz roja de emergencia que parpadeaba sobre sus cabezas.
Pasillos estrechos, habitaciones selladas, archivos dispersos por el suelo.
Camillas volcadas.
Sangre seca sobre las paredes.
Y algo más… un frío que no era solo físico, sino algo que calaba hasta los huesos.
—¿Qué era este lugar…? —susurró Ariadna, con la voz quebrada.
Cloe, que se había soltado un momento, corrió hacia un rincón donde encontró algo.
Lo sostuvo con manos temblorosas: una tarjeta de identificación militar.
Ariadna la tomó y leyó el nombre…
“Coronel Eduardo Varela – Código Alfa-17”.
Su mundo se detuvo por unos segundos.
—Papá estuvo aquí… —dijo, en un susurro. Y no hace tanto.
Avanzaron hacia una sala de monitoreo. Los cristales estaban estrellados, y las pantallas apagadas… hasta que Ariadna encontró un interruptor de energía auxiliar. Al presionarlo, el generador se encendió lentamente, devolviendo la electricidad a algunas partes del ala.
Pantallas comenzaron a encenderse una por una.
Cámaras de seguridad.
Y entonces… lo vieron.
Su padre.
Con uniforme, casco y arma en mano, liderando a un escuadrón armado dentro de la Sección Omega. Se lo veía serio, dando órdenes… y disparando a algo fuera de cámara. Algo que rugía, algo rápido.
Pero el video se cortó abruptamente con una alarma.
Una que ahora, en tiempo real, también comenzó a sonar en ese mismo lugar.
—No… —susurró Ariadna.
Algo se había activado. Y no estaban solas.
De los pasillos laterales comenzaron a oírse gruñidos. Pasos torpes.
La horda estaba cerca.
Ariadna agarró a Cloe y corrieron. La pequeña lloraba, pero no gritaba. Sabía lo que eso significaba.
Ariadna tomó un bisturí oxidado del suelo, lo primero que encontró. Cuando los zombis aparecieron al final del pasillo, se preparó para luchar.
Dos.
Cuatro.
Siete.
Demasiados.
Una figura emergió desde la penumbra.
Encapuchado. Silencioso. Preciso.
Disparos limpios.
Uno a la cabeza. Otro al cuello.
Uno tras otro, los muertos comenzaron a caer.
Ariadna se interpusó entre él y Cloe, protegiéndola por instinto… pero el desconocido bajó su arma al verla. Sin decir palabra, dejó caer al suelo un pendrive n***o con una pequeña nota adherida:
“Si quieres respuestas, sigue el código 17-Delta.”
Y entonces desapareció por un pasadizo lateral.
Ariadna se quedó allí, temblando, con Cloe entre los brazos.
Las luces parpadearon una vez más.
El silencio volvió.
Pero ahora, ya no era ignorancia.
Era un camino.
Un código.
Y una decisión.
—Vamos, Cloe… —dijo Ariadna con voz firme, mientras apretaba el pendrive en la mano—.
No vamos a detenernos. Ni ahora… ni nunca.
La puerta al verdadero origen del horror estaba abierta.
Y el corazón de Ariadna latía con fuerza por primera vez desde que todo comenzó.
—¿Quién era?
Ariadna, aún con el corazón acelerado, solo podía pensar en una cosa: su padre. Había una razón detrás de todo esto, algo que estaba más allá de los zombis y el caos que los rodeaba.
—No lo sé, pero lo averiguaremos. Esto… esto nos llevará a él.
Con la luz de la linterna apagada, Ariadna apretó el pendrive con fuerza. Sabía que no importaba lo que enfrentara, lo que dejara atrás, nada la detendría hasta que encontrara las respuestas.
Y el hospital, con sus sombras y sangre, era solo el principio.