Capítulo 4: Entre sombras y sangre

848 Words
Capítulo 4: Entre sombras y sangre El hospital Bellevue era un cadáver más de la ciudad. Cubierto de hiedra seca, ventanas destrozadas y manchas de hollín que trepaban por los muros como venas negras, el edificio se alzaba en un silencio sepulcral. La entrada principal estaba bloqueada por ambulancias calcinadas y escombros. Ariadna encontró una abertura en un costado, forzando la puerta oxidada de una rampa de emergencias. El aire en el interior era denso. Viejo. Cargado de polvo, descomposición… y algo más. Algo que no podía verse, pero que se sentía. —No me gusta este lugar… —susurró Cloe, pegada a su hermana. —Lo sé —dijo Ariadna, bajando el volumen de su linterna—. Solo entraremos, buscaremos lo que necesitamos… y saldremos. Pero ambas sabían que no sería tan simple. Avanzaron por los pasillos desiertos del hospital, guiadas por las señales pintadas a mano en las paredes: “ÁREA DE REFUGIO”, “NO PASE — ZONA INFECTADA”, “¡CORRAN!”. En una sala de espera abandonada, encontraron un viejo radio portátil. Ariadna lo revisó, pero solo emitía estática… hasta que una voz crepitó entre interferencias. “…prioridad roja… Varela… último contacto en zona médica… reubicación… coordenadas 41B…” Ariadna se congeló. —¿Dijeron Varela? Volvió a sintonizar, pero la señal se desvaneció como un suspiro. El corazón le latía a mil por hora. —Papá estuvo aquí —dijo, más para sí misma que para Cloe. El camino las llevó por quirófanos saqueados, laboratorios volcados y pasillos llenos de camillas oxidadas. El suelo estaba salpicado de sangre seca, como si el hospital hubiera intentado resistir al brote… y fracasado. En la Unidad de Cuidados Intensivos encontraron documentos dispersos. Muchos ilegibles. Pero entre ellos, un archivo parcialmente quemado con el nombre “Capitán Eduardo Varela”. Decía: “Paciente ingresado por contusión craneal. Estado: estable. Bajo custodia. Traslado programado… cancelado por protocolo Alpha-Zeta.” —¿Alpha-Zeta? —repitió Ariadna. —Eso suena a… algo oculto —murmuró. Entonces lo escucharon. Un golpe sordo. Después otro. Algo se movía al fondo del pasillo. Algo grande. Ariadna agarró a Cloe y apagó la linterna. Se arrastraron hacia una sala de rayos X justo a tiempo. Desde una rendija, Ariadna vio una figura encorvada, cubierta con vendas y batas de hospital ensangrentadas. Su cuerpo era desproporcionado, como si algo en su interior se hubiera hinchado… mutado. Tenía la mandíbula desencajada, y su rostro aún mostraba parches de piel humana. Pero no era humano. Era una abominación. Un zombi, sí. Pero uno diferente. Mejorado. O peor. —¿Qué es eso? —susurró Cloe, temblando. —Algo que no debería existir —dijo Ariadna—. Y no pienso quedarme a descubrir por qué. Intentaron rodearlo en silencio, pero la criatura giró bruscamente la cabeza, oliendo el aire. Gruñó. Y se lanzó contra las camillas con una velocidad inhumana. —¡CORRE! —gritó Ariadna, tirando de Cloe. El pasillo se convirtió en un laberinto de metal y gritos. Ariadna empujó puertas, saltó charcos de sangre, se desvió por una escalera de incendios. La criatura los seguía, emitiendo un sonido gorgoteante, como si su garganta estuviera llena de agua podrida. Llegaron a la planta baja. El vestíbulo estaba inundado. Cadáveres flotaban, hinchados y grotescos. —¡Ahí! —Cloe señaló una trampilla metálica detrás del mostrador principal. Ariadna la abrió. Un conducto de servicio. Angosto, pero suficiente. —Tú primero —le dijo. Cloe bajó, apenas cabiendo. Ariadna se dispuso a seguirla cuando un chirrido agudo la hizo mirar atrás. La criatura estaba allí. A menos de dos metros. Ariadna disparó. Una, dos veces. No se detuvo. Entonces, de una patada, cerró la trampilla tras de sí. Oscuridad. El túnel era húmedo y apestaba a químicos y moho. Cloe lloraba en silencio, tapándose la boca. Ariadna la abrazó, obligándose a calmar el temblor en sus dedos. —Shh… ya pasó. Lo logramos. Pero no lo creía del todo. Al final del túnel había una puerta reforzada. Con esfuerzo, Ariadna la abrió… y emergieron a una sala subterránea. Llena de pantallas rotas, mapas marcados, archivos tirados. Una especie de búnker de observación. En la pared principal, un mural digital aún encendido mostraba una red de ciudades tachadas… y entre ellas, Nueva York. Junto al monitor, una grabadora encendida reproducía una voz rasposa: “Aquí Varela. Reitero: evacuación fallida. Estoy aislado en la sección Omega. No puedo salir. La criatura ha evolucionado. Ortega, si recibes esto… protege a las niñas. Yo… haré lo que pueda desde aquí.” Cloe levantó la vista. —Era papá, ¿verdad? Ariadna no respondió. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero su rostro era firme. —Está vivo. En algún lugar de este maldito hospital… o bajo él. Y si lo estaba, haría lo imposible por encontrarlo. Fuera, el mundo seguía ardiendo. Pero dentro de ella, Ariadna ya no era solo una chica huyendo. Era una cazadora. Una hermana. Una hija buscando respuestas. Y estaba dispuesta a atravesar las sombras… y la sangre… para encontrarlas...
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