Capítulo 2: Huida entre sombras
La puerta tembló bajo un segundo golpe.
Ariadna contuvo la respiración, con Cloe apretada contra su pecho, el corazón de ambas latiendo al ritmo de la tensión que saturaba el aire. Afuera se escuchaba algo arrastrarse… una especie de jadeo ronco, húmedo, entrecortado.
No era su padre.
No era nadie que quisiera entrar con buenas intenciones.
El recuerdo de la orden de su padre resonó como una campana fúnebre en su mente: “Si no llego antes del anochecer, toma a Cloe y ejecuta el Plan de Emergencia.”
Ariadna respiró hondo, bajó lentamente a su hermana al suelo y susurró con voz firme:
—Cloe, cariño, necesito que vayas a la mochila roja. La que tiene el dibujo del tigre. Saca la linterna pequeña y quédate conmigo… pase lo que pase.
La niña, temblando, asintió. Sabía lo suficiente. Sabía que mamá no volvería. Sabía que papá estaba lejos. Sabía que algo terrible ocurría allá afuera.
El tercer golpe no fue en la puerta, sino en la ventana del pasillo. Un grito ahogado estalló afuera, seguido por el sonido seco de carne golpeando concreto. Después… un chillido inhumano, como un animal enfermo atrapado en una jaula.
Ariadna tragó saliva. Tomó el cuchillo de cocina más grande y la linterna, metió la pistola que su padre le había dejado hace meses en su mochila —con solo una bala— y abrió la puerta con el corazón en la garganta.
Lo que vio no era humano.
O al menos, no lo era ya.
Un hombre con el rostro desfigurado, la piel grisácea, los ojos completamente blancos, se tambaleaba en el pasillo. Tenía los dedos ensangrentados y trozos de carne en la camiseta. Cuando la vio, su boca se abrió de par en par, dejando escapar un gruñido gutural.
—¡Corre! —gritó Ariadna, empujando a Cloe hacia la escalera de incendios.
El infectado se lanzó hacia ellas.
Bajaron los peldaños de metal a toda velocidad. La estructura crujía, oxidada, pero aguantaba. Desde abajo, se oían más gritos. Algunos humanos. Otros no.
Un cuerpo cayó desde el cuarto piso como un saco de huesos rotos y se estrelló a metros de ellas. Ariadna empujó a Cloe contra la pared y contuvo las náuseas.
Nueva York ya no era la ciudad que nunca dormía.
Ahora era una pesadilla viva.
Al llegar al suelo, Ariadna dudó. Las calles estaban llenas de humo, autos chocados, alarmas sonando, personas corriendo y otros… alimentándose.
Sujetó con fuerza la mano de su hermana y corrieron hacia el metro. El subsuelo tal vez les daría una ventaja.
En el túnel del metro, lo único que había era oscuridad, humedad… y muerte.
Los cuerpos estaban tirados por todas partes. Un carrito de bebé, volcado. Un celular sonando en bucle. Un zapato infantil sin dueño. Cloe lloraba en silencio, mordiéndose la manga. Ariadna quería gritar, llorar, huir. Pero no podía. No debía.
Avanzaron por las vías con la linterna encendida y la mano sobre el gatillo de la pistola.
De pronto, una voz.
—¡Ey! ¡Apaga esa luz!
Ariadna giró de inmediato, alzando el arma.
Un hombre emergió de entre las sombras. Iba con uniforme militar, aunque con la chaqueta rota. Tenía una herida sangrante en el brazo y sostenía una linterna apagada.
—No dispares… soy amigo.
—¿Quién eres? —demandó Ariadna.
—Sargento Mateo Ortega. Tercera unidad de evacuación. El sistema cayó hace dos horas. No hay más órdenes. Estoy solo… como ustedes.
Ella no bajó el arma.
—¿Estás infectado?
—No… me mordió un humano. Pero no uno de ellos. Un saqueador. El virus no se transmite por cualquier herida.
Cloe tiró de la chaqueta de su hermana.
—Ari… confía en él, por favor…
Ariadna bajó lentamente el arma.
Se ocultaron en una sala técnica abandonada. Ortega improvisó un refugio con mantas térmicas y alimentos de emergencia.
—El brote comenzó en el centro médico Roosevelt. Primeros casos reportados: pacientes que no respondían a sedación, convulsiones… mordían. Las autoridades creyeron que era un ataque biológico.
—¿Y qué era? —preguntó Ariadna.
El sargento tragó saliva.
—No lo sabemos. Pero se propaga rápido. Ya perdimos Washington. Londres cayó hace horas. Estamos solos.
La niña se acurrucó junto a Ariadna.
—¿Papá vendrá?
Ella no respondió. Solo la abrazó fuerte.
En ese túnel, donde el silencio dolía más que los gritos, supo que ya no podían esperar salvación. Tendrían que ser su propio ejército. Su propia luz en la oscuridad.
Ariadna cerró los ojos… pero no durmió.
Porque entre las sombras… algo los observaba.