Capítulo 3: Hasta el último aliento

690 Words
Capítulo 3: Hasta el último aliento El silencio del túnel era engañoso. Parecía que el mundo se había detenido en esa oscuridad subterránea, como si el fin del mundo no pudiera filtrarse más allá del concreto. Pero el apocalipsis no respetaba paredes. Se arrastraba, respiraba… acechaba. Ariadna sostenía a Cloe de la mano mientras caminaban por las vías con Ortega unos pasos adelante. El sargento avanzaba con la linterna baja, arma en mano, y el rostro bañado en sudor frío. Su brazo herido comenzaba a entumecerse, pero no se quejaba. —¿A dónde vamos exactamente? —preguntó Ariadna en voz baja. —Hay una salida de emergencia por la línea 7. Una entrada que solo los técnicos usan. Si aún no está colapsada, podremos salir a la calle cerca del viejo hospital Bellevue. Ariadna asintió, aunque su cuerpo entero gritaba que eso era una locura. Salir. Subir a la superficie. Volver al infierno. Pero quedarse ahí… sería una sentencia. Cloe soltó un quejido. —¿Falta mucho? Me duele la panza… Ortega giró apenas el rostro, regalándole una media sonrisa. —Ya casi, pequeña. Cuando salgamos, te prometo que te consigo algo caliente. ¿Chocolate? Cloe asintió, con una tímida sonrisa. Ariadna lo miró. Por primera vez, sintió una punzada de gratitud verdadera. Aquel hombre, herido y cansado, era lo más cercano a un ángel de la guarda que les quedaba. Avanzaron veinte minutos por el túnel. Al menos tres veces tuvieron que esconderse detrás de vagones volcados, mientras escuchaban los arrastres, los gruñidos… y las pisadas. Ariadna se mantenía alerta, cada nervio afilado como un cuchillo. Ortega tosía con frecuencia, lo cual no le gustaba. —¿Estás seguro que no te mordieron? Él no respondió de inmediato. —Estoy seguro —mintió. Llegaron a un viejo portón de metal con una señal oxidada: SALIDA TÉCNICA – USO RESTRINGIDO. Ortega sacó una llave doblada de su cinturón y la forzó en la cerradura. Clic. Pero en el instante en que abrió la puerta… Un chillido agudo los alcanzó desde atrás. —¡CORRAN! —gritó Ortega. Ariadna empujó a Cloe por la puerta mientras volteaba la linterna. Tres. No, cuatro. Zombis deformes surgían del túnel, arrastrándose como bestias salvajes. Uno de ellos tenía el uniforme de policía aún puesto. Otro, un rostro sin mandíbula. Todos hambrientos. Rápidos. Ortega disparó. Uno cayó. Pero los otros tres siguieron. —¡Vamos! —gritó Ariadna. Pero Ortega no se movía. Disparó otra vez. Luego se giró, clavó los ojos en Ariadna y gritó algo que la dejó paralizada: —¡Cuida de tu hermana! ¡Haz que todo esto valga la pena! Antes de que Ariadna pudiera reaccionar, él cerró la puerta metálica desde fuera. —¡NO! ¡ORTEGA! El sonido de los disparos retumbó por segundos eternos… hasta que solo quedaron gritos. Ariadna golpeó la puerta con los puños. Cloe lloraba a su lado, encogida contra la pared. —¡Tenía que salvarlo! —gritó Ariadna, sus ojos inyectados de furia. —¡Tenía que…! Pero entonces vio algo. Un bulto en el suelo. Un pequeño dispositivo de comunicación militar… y un sobre sellado con el logo del ejército. Con manos temblorosas, Ari lo abrió. Dentro, una nota escrita a mano: "Si yo no lo logro, dile a Eduardo Varela que cumplí. Él sabrá qué significa. Cuídalas. Hasta el último aliento." —M.O. Ariadna se quedó helada. —Papá… Cloe la miró, aún con lágrimas. —¿Él conocía a papá? —Sí… sí, lo conocía. Y tal vez… aún esté vivo. Salieron por la escotilla a una calle lateral destruida. El cielo estaba gris, cubierto de ceniza y humo. Sonaban disparos a lo lejos. Nueva York era una ciudad abierta en carne viva. Ariadna miró a su hermana. Le limpió el rostro con la manga sucia y le susurró: —Vamos a salir de esta. Por él. Por mamá. Por Ortega. Y aunque su voz temblaba… sus ojos no. Algo dentro de ella había cambiado. El miedo seguía ahí. Pero ahora también había algo más fuerte. Furia. Decisión. Amor. Y la promesa de sobrevivir. Hasta el último aliento
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