Capítulo 40: Emboscada en carne viva
El huésped gigante dio un paso adelante, y el sonido fue como el crujir de madera seca… solo que eran sus huesos sobresaliendo y chocando entre sí.
Sus ojos —o lo que quedaba de ellos— eran masas lechosas que temblaban en las cuencas, fijos en Ariadna y Cloe.
Detrás, el pasillo se llenó de ruido:
decenas de parásitos arrastrando sus cuerpos viscosos, sus garras raspando el metal con un chillido insoportable.
El olor a carne podrida y químico ácido se volvió tan intenso que Cloe tuvo arcadas.
—Mason… —la voz de Ariadna era apenas un hilo— …esto es una trampa.
El huésped lanzó un rugido grave, y las espinas de su espalda se erizaron como lanzas.
Entonces corrió.
---
Mason empujó a Ariadna contra la pared, salvándola de la embestida, pero el impacto arrancó parte del muro, dejando un agujero n***o y lleno de polvo.
Las luces parpadearon y, en ese breve apagón, algo húmedo se enroscó en el tobillo de Ariadna.
—¡Mierda! —gritó, cayendo.
Un parásito la jalaba hacia la oscuridad con una fuerza imposible.
La baba caliente se le pegaba a la piel, quemándola como ácido.
Ariadna pataleó y su bota chocó contra una mandíbula abierta, rompiendo algunos de esos dientes de cristal.
El parásito chilló y se retorció, pero no soltó.
Mason lo alcanzó y hundió la barra de metal en su cuerpo.
Un estallido de líquido verde le salpicó la cara, quemándole la mejilla.
---
El huésped gigante volvió, esta vez más rápido.
Mason lo enfrentó de frente, bloqueando un golpe de esas manos deformes que eran más garras que dedos.
El impacto lo lanzó contra una pared, dejándolo sin aire.
Ariadna, jadeando, se puso de pie y agarró un trozo de tubo roto.
Cuando el huésped intentó girar hacia Cloe, ella le golpeó la rodilla con todas sus fuerzas.
Un crujido seco llenó el pasillo… pero la criatura no cayó.
Se giró hacia Ariadna y, en ese instante, ella supo que iba a matarla.
Pero algo más rápido la interceptó.
Un parásito se lanzó desde el techo directamente contra la cara del huésped, clavando sus garras en las cuencas vacías y metiéndose por dentro de su cráneo.
La criatura gigante rugió, intentando arrancárselo, pero el parásito ya estaba dentro.
Lo que siguió fue peor.
---
El huésped empezó a convulsionar, sus espinas quebrándose una a una.
De su boca salió un chorro de líquido oscuro que empapó el suelo.
Y entonces… explotó.
No fue una explosión de fuego, sino de carne:
trozos de músculo y hueso volaron en todas direcciones, junto con un enjambre de parásitos más pequeños que salieron disparados, buscando nuevos cuerpos.
Ariadna y Mason protegieron a Cloe como pudieron, pero uno de esos pequeños se enganchó en la chaqueta de Ariadna, intentando meterse por la abertura del cuello.
Ella lo arrancó de un tirón y lo arrojó contra el suelo, aplastándolo con el tubo hasta que dejó de moverse.
---
El pasillo quedó cubierto de restos humeantes y cuerpos retorciéndose.
Pero el ruido de más patas se escuchó a lo lejos.
—Esto no va a parar… —dijo Mason, con la voz ronca.
Ariadna asintió.
Miró a Cloe, que temblaba, con los ojos abiertos de puro terror.
Sabía que ese momento, esa noche… iba a marcarla para siempre.
Y mientras corrían hacia la puerta de emergencia, Ariadna sintió algo en su nuca.
No era sangre.
Era la baba caliente de algo que se había quedado pegado… y que se movía.
(...)
La alarma seguía sonando, un pitido grave que se repetía sin descanso, como si el propio edificio supiera que estaba a punto de morir.
Las luces rojas giraban, tiñendo el pasillo de un tono infernal.
El aire estaba espeso, saturado de humo, polvo y ese hedor dulzón que precedía a la podredumbre.
Ariadna corría junto a Mason, con Cloe en brazos.
Pero sentía algo… reptando bajo la piel de su nuca.
Al principio pensó que era el calor, o el sudor, pero luego llegó el dolor:
una presión lenta, como si algo se arrastrara buscando entrar.
—Mason… —dijo, con la voz entrecortada— hay… algo… en mí.
Él giró la cabeza solo un segundo y vio la baba pegajosa, espesa, moviéndose como si tuviera vida propia, entrando por una pequeña herida cerca de la base del cuello.
—¡Mierda! ¡No te detengas! —gruñó, tirando de ella.
---
El pasillo desembocó en una puerta metálica, cerrada con una barra transversal.
Mason la golpeó con el hombro, pero no cedió.
Ariadna dejó a Cloe en el suelo y empezó a ayudarlo, pero cada vez que se movía, ese veneno vivo se clavaba más hondo, como si tuviera garras microscópicas.
Sentía punzadas en la cabeza, como pequeñas explosiones eléctricas.
De pronto, un chillido metálico recorrió las paredes:
las rejillas de ventilación se deformaban desde dentro.
Algo estaba forzando las salidas.
—¡Empujaaaa! —gritó Mason.
La puerta cedió y se abrió de golpe.
Un viento frío les golpeó la cara: habían salido al exterior… pero no estaban a salvo.
---
El exterior era peor.
El patio del complejo estaba iluminado por la luz intermitente de las farolas rotas.
Entre charcos de agua sucia y montones de basura, se movían decenas de infectados.
Algunos caminaban torcidos, otros se arrastraban, pero todos levantaron la cabeza al mismo tiempo cuando los vieron salir.
El silencio duró apenas un segundo.
Luego, el grito.
Un rugido colectivo que vibró en las costillas de Ariadna, como si todos tuvieran la misma voz.
---
Corrieron.
Mason llevaba la delantera con un machete en mano, cortando a todo lo que se interponía.
Ariadna, con Cloe en brazos, esquivaba manos podridas y mandíbulas abiertas.
La baba en su cuello ardía ahora como fuego líquido, y empezaba a escuchar algo…
No eran voces.
Era un murmullo grave, como si alguien respirara dentro de su cabeza.
Un infectado saltó sobre ella desde un coche volcado.
Ariadna giró instintivamente y lo golpeó con el hombro, pero lo que ocurrió no fue normal:
el impacto lo mandó contra el suelo con una fuerza que no sabía que tenía.
El crujido de huesos fue tan fuerte que incluso Cloe lo escuchó y gritó.
—¡Ari! —Mason la miró, confundido— ¿Qué…?
Pero no hubo tiempo para preguntas.
---
Las alcantarillas reventaron de repente, y de las bocas de drenaje salieron enjambres de parásitos pequeños, arrastrándose como ratas, pero con bocas llenas de dientes finos como agujas.
Se lanzaron contra los cadáveres cercanos y contra los vivos por igual.
Uno saltó hacia Cloe.
Ariadna lo vio en el aire y, sin pensar, lo agarró con una mano…
y lo aplastó.
No solo lo estrujó: sintió como si sus dedos se cerraran más allá de lo normal, partiendo el cuerpo de la criatura como si fuera de papel mojado.
Su respiración se volvió entrecortada.
Ese no era su cuerpo de siempre.
Ese era… otro.
---
Mason la alcanzó, mirándola de reojo.
—No te detengas. No pienses. —dijo con voz dura, pero sus ojos delataban preocupación.
El veneno seguía subiendo, ahora a la altura de la base del cráneo.
Cada paso que daba, sentía más clara la sensación de que algo más estaba dentro de ella… y que no estaba allí para matarla.
No todavía.
---
Llegaron a la valla perimetral.
Era alta, con alambre de púas, pero estaba rota en un lado.
Justo antes de atravesarla, Ariadna se detuvo un segundo.
A lo lejos, en la azotea del edificio que habían abandonado, una figura las observaba.
Alta, cubierta con un abrigo n***o, con algo brillando en la mano.
No parecía infectado.
Y aunque la distancia era grande, Ariadna juraría que esa figura le sonrió.
---
—¡Ari, vamos! —Mason tiró de ella y cruzaron.
Detrás, los infectados chocaron contra la valla.
El metal crujía bajo la presión, y los parásitos pequeños ya habían empezado a trepar.
Cuando por fin se alejaron del lugar, la alarma quedó atrás.
Solo el silencio de la noche… y el sonido constante dentro de la cabeza de Ariadna.
Un susurro.
Una palabra que no entendía.
Pero cada vez más clara.