Capítulo 33: Juego de sombras
El frío de la madrugada mordía la piel mientras corrían por las calles vacías. Los pasos de Ariadna resonaban contra el asfalto húmedo, el eco rebotando entre edificios silenciosos y ventanas rotas. Cloe se aferraba a su cuello, temblando, con los brazos tensos como garras.
Mason iba delante, moviéndose con una seguridad que no encajaba con su historia de “sobreviviente solitario”. Dobló por un callejón estrecho y oscuro, donde el olor a humedad y basura podrida era tan intenso que casi podía masticarse.
—Aquí —susurró, señalando una puerta metálica a medio oxidar. Con un tirón seco, la abrió y los hizo entrar.
El interior era un antiguo taller mecánico. Herramientas oxidadas colgaban de las paredes y había un coche destrozado en medio del lugar. Mason cerró la puerta con un cerrojo y se quedó escuchando…
En algún punto lejano, se oyeron motores apagándose. Después, pasos. Varios.
—No hagas ruido —le advirtió Ariadna a Cloe, bajándola al suelo. La niña asintió, sus ojitos enormes reflejando miedo.
Se quedaron en silencio durante minutos eternos. Desde el otro lado de la puerta, voces graves y distantes intercambiaban frases cortas. Eran hombres, y no parecían estar buscando algo al azar.
—Dijiste que sabían rastrear —susurró Ariadna.
—Y lo hacen —contestó Mason—. Por eso no podemos quedarnos aquí.
Pero en lugar de abrir la puerta, se agachó junto a una caja de herramientas y sacó una pequeña radio. Ajustó el dial hasta que solo quedó un pitido intermitente, luego una voz distorsionada:
> “…objetivo en movimiento… posible acompañante menor… mantener vigilancia…”
Ariadna sintió que la sangre le hervía.
—¿Qué carajo es eso?
—Es lo que me mantiene vivo —dijo Mason, con una calma irritante—. Ellos no son los únicos que saben dónde estás.
—¿Estás trabajando para ellos? —Lo acusó, empuñando el cuchillo.
Él sonrió apenas, sin confirmar ni negar.
—Si estuviera de su lado, ya estarías muerta.
El ruido afuera se fue apagando poco a poco. Mason esperó un minuto más y luego indicó que salieran por la parte trasera. Recorrieron callejones en ruinas, esquivando vidrios, charcos oscuros y el hedor de carne podrida que delataba la presencia de infectados.
Cloe tropezó y Ariadna la sostuvo a tiempo.
—¿Estás bien? —preguntó, agachándose para ver si estaba lastimada.
—Sí… solo… me duele un poco el pie.
Ariadna la abrazó, y en ese instante sintió el peso del cansancio, del miedo constante. Se prometió que no dejaría que nada ni nadie la separara de su hermana. No otra vez.
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Al amanecer llegaron a lo que quedaba de una tienda de abarrotes. Las ventanas estaban destrozadas y la puerta colgaba de una bisagra. Dentro olía a moho y sangre seca.
Mason entró primero, revisando entre estanterías derrumbadas. Ariadna lo siguió con Cloe, buscando latas o cualquier cosa útil. Fue entonces cuando vio algo que la heló: en la pared del fondo, pintado con spray n***o, había un símbolo idéntico al del cuaderno que encontró en la mochila de Mason.
—¿Qué significa esto? —preguntó, tocando la pintura fresca.
Mason la miró de reojo.
—Significa que estamos más cerca de lo que crees.
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Antes de que pudiera preguntar más, un sonido húmedo y gorgoteante les erizó la piel. Del pasillo lateral, una figura tambaleante emergió arrastrando un pie roto. No estaba del todo transformado… su piel seguía teniendo retazos humanos, y sus ojos, aunque inyectados en sangre, parecían todavía… conscientes.
Ariadna se congeló. Ese rostro…
—Papá… —susurró, sin darse cuenta.
El hombre —o lo que quedaba de él— dio un paso torpe hacia ellas, las manos extendidas, murmurando algo incomprensible. Mason se interpuso, sacando su arma.
—¡No! —gritó Ariadna—. ¡Es mi padre!
La criatura se detuvo, ladeando la cabeza como si intentara reconocerla. Por un instante, sus labios se movieron formando su nombre… y luego un rugido gutural estalló desde su garganta.
Perfecto ❤️
Te hago la continuación inmediata, **Capítulo 18**, siguiendo la escena con el padre de Ariadna y llevando todo al extremo emocional, con ese tono de serie/película de zombies que quieres.
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## **Capítulo 18 – Entre la voz y el rugido**
El corazón de Ariadna golpeaba contra sus costillas como si quisiera escapar. Frente a ella, su padre estaba ahí… y no estaba. Los ojos que un día la miraron con ternura ahora eran un torbellino de sangre y rabia, pero bajo todo ese caos, había algo que parecía reconocerla.
—Papá… soy yo… Ari —su voz temblaba, rompiéndose entre cada palabra.
La criatura se balanceó hacia adelante, el pie roto arrastrándose contra el suelo con un chirrido seco. Mason levantó el arma, tensando la mandíbula.
—Mason, si disparas, te juro que… —la amenaza murió en su garganta.
El hombre hizo un esfuerzo evidente por hablar.
—A… ri… —sus labios, agrietados y cubiertos de sangre seca, se movieron con torpeza.
Ariadna dio un paso adelante.
—Sí, papá, soy yo… te vamos a ayudar.
El rugido llegó de golpe, brutal, como si algo dentro de él se hubiera roto. Mason reaccionó rápido: embistió al infectado contra una estantería caída y, con una cuerda de nylon, le ató las manos detrás de la espalda.
—¡No lo lastimes! —Ariadna empujó a Mason, furiosa.
—¡Míralo bien! —le gritó él—. No está sano, Ari. Es cuestión de tiempo.
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Cloe lloraba en silencio, apretando la mano de su hermana.
—Ari… él ya no es… papá.
Esas palabras fueron como un golpe seco en el estómago. Ariadna quiso negarlo, pero la verdad estaba en cada espasmo, en cada respiración irregular del hombre frente a ellas. Sin embargo… esos ojos, por segundos, parecían suplicar algo.
—Podemos llevarlo, buscar una cura… —insistió Ariadna, casi como una niña aferrándose a un sueño.
Mason negó con la cabeza.
—No hay cura. No para esto.
El infectado se agitó de golpe, liberando un rugido que retumbó por toda la tienda. Mason giró hacia la puerta trasera.
—Tenemos que movernos. Ese ruido va a traer compañía.
Ariadna se arrodilló frente a su padre.
—Voy a encontrarte… lo prometo. —No sabía si él podía entenderla, pero lo dijo igual.
Por un instante, su respiración se calmó. Murmuró algo bajo, tan bajo que solo ella lo escuchó:
—Pro… te… ge… a Cloe…
Y entonces, los cristales de una de las ventanas explotaron. Tres infectados irrumpieron, arrastrando el hedor de la muerte con ellos.
—¡Mierda! —Mason tiró del brazo de Ariadna—. ¡Ahora!
Se vieron obligados a dejarlo atrás.
Cloe fue la primera en salir, guiada por Mason. Ariadna dudó un segundo, viendo cómo su padre, todavía atado, giraba la cabeza hacia ella, como si supiera que era la última vez.
Ese último vistazo quedó grabado a fuego en su memoria.
La huida fue un caos de gritos, golpes y disparos. El eco de los rugidos los persiguió por calles estrechas, mientras el amanecer teñía de naranja los restos de la ciudad. No se detuvieron hasta que llegaron a un edificio semiderrumbado, donde Mason cerró la puerta con un candado improvisado.
Ariadna cayó de rodillas, jadeando. Sus manos temblaban.
Cloe la abrazó fuerte, escondiendo el rostro en su pecho.
—Lo siento, Ari… —susurró—. Lo siento mucho.
Y por primera vez en semanas, Ariadna lloró. No las lágrimas rápidas y contenidas del apocalipsis, sino un llanto crudo, largo, que la dejó sin aliento.