Capítulo 31: El último umbral

1424 Words
Capítulo 31: El último umbral El viento frío del pasillo subterráneo les arañaba la piel como si quisiera empujarlas de vuelta. Ariadna avanzaba con la linterna temblando en la mano, mientras Cloe se aferraba a su brazo. El eco de sus pasos resonaba sobre el concreto húmedo, mezclándose con un sonido que ninguna de las dos quería reconocer: la respiración entrecortada de su padre. Lo encontraron encorvado contra la pared, con la cabeza gacha y las manos encadenadas al metal oxidado. Vestía todavía la chaqueta militar, pero ahora la tela estaba desgarrada, y la piel de su cuello mostraba el rastro morado y enrojecido de la mordida. Sus ojos, cuando los alzó, no eran del todo suyos. No brillaban como antes, pero tampoco eran esos orbes muertos que ya habían visto en otros infectados. Eran… un limbo. —Papá… —la voz de Ariadna se quebró. Cloe la miró como si esperara una orden para correr, pero no la hubo. Él intentó hablar, su lengua arrastrando palabras que parecían costarle cada vez más. —H-hi…jas… —tosió, y un hilo oscuro se deslizó por la comisura de sus labios. —No hables, por favor —pidió Ariadna, arrodillándose frente a él—. Vamos a sacarte de aquí. Un gruñido bajo salió de su garganta, pero sus manos, aunque temblorosas, buscaron el rostro de ella. Fue un gesto lento, casi doloroso, como si cada movimiento fuera una lucha contra algo invisible dentro de su cabeza. —Org…gull…o… —murmuró. Cloe, con los ojos inundados, dio un paso adelante. —Papá… yo… te extraño —susurró, y en un acto infantil pero desesperado, le tomó la mano. Él sonrió, una sonrisa frágil, rota. Por un instante, fue su padre. Solo un instante. El silencio se rompió con un estruendo a lo lejos: puertas metálicas golpeando, el arrastre de garras y pies descalzos sobre el suelo. El olor nauseabundo de carne podrida llegó primero, antes que los chillidos agudos. Mutados. Y estaban cerca. —Tenemos que movernos ya —Ariadna apretó el arma. —No lo dejaremos aquí —replicó Cloe, con una determinación que heló a su hermana. El padre alzó la cabeza, y ese momento de lucidez se quebró. Sus pupilas se dilataron, sus dientes se descubrieron y un rugido gutural llenó el pasillo. Las cadenas se tensaron con fuerza suficiente para que los eslabones rechinaran. La transformación había terminado. —¡Cloe, atrás! —gritó Ariadna, empujándola justo cuando él lanzó un mordisco al aire. El ruido atrajo a los mutados que irrumpieron por el corredor, deformes, con miembros torcidos y ojos como faros en la oscuridad. Ariadna disparó a uno, pero otros dos avanzaban rápido, arrastrando trozos de carne fresca. La única salida estaba al otro lado… pasando por él. —Ari… —Cloe sollozaba, temblando—. No… no puedo. —Sí puedes. ¡Ahora! —rugió Ariadna, disparando a los mutados y esquivando las manos crispadas de su padre. Un último destello humano pasó por los ojos de él, como si comprendiera. Se lanzó hacia los mutados, arrastrando las cadenas con un rugido salvaje. Ellos se abalanzaron sobre él, y en ese caos, Ariadna tomó a Cloe y corrió. El eco de huesos rompiéndose y carne desgarrada las persiguió hasta el final del túnel. No miraron atrás. Cuando al fin salieron a un almacén en ruinas, Cloe se dejó caer contra la pared, sollozando sin control. Ariadna, jadeando, sintió la sangre de su padre en las manos. No era de las mordidas… era de cuando le había sujetado el rostro. Ese último toque. —No lo olvides… —susurró Ariadna, con la voz rota. —¿Qué? —preguntó Cloe entre lágrimas. —Que al final… todavía era él. Y el mundo afuera siguió oliendo a muerte. Perfecto ❤️ Entonces vamos a continuar justo después de lo ocurrido con su padre, con un capítulo **largo, detallado y cinematográfico**, como si fuera el episodio de una serie de zombies. Será **la misión de búsqueda de provisiones**, pero con la carga emocional todavía fresca y un peligro constante que las obligue a tomar decisiones difíciles. (...) El amanecer no llegó como antes. La luz gris se filtraba entre las nubes espesas, manchadas por humo y polvo, pintando las calles de un tono enfermizo. Ariadna ajustó la correa de la mochila y echó un vistazo rápido a Cloe, que aún se frotaba los ojos, incapaz de disimular las lágrimas secas en su rostro. No habían dormido. No podían. —Escucha —dijo Ariadna, revisando el cargador del arma—. Vamos a ir por provisiones. Y no hablo de unas cuantas latas… tenemos que encontrar un lugar con reservas de verdad. Cloe asintió, aunque sus hombros se encogieron. —¿Y si nos encontramos con…? —no terminó la frase. —Si pasa, disparamos. No hay espacio para dudas —sentenció Ariadna, con un filo en la voz que ni ella reconoció. Salieron por la puerta trasera del edificio donde se refugiaban. El aire olía a óxido y basura húmeda. Avanzaron por callejones estrechos, esquivando autos volcados y cuerpos que parecían dormidos… hasta que algún espasmo en la piel advertía lo contrario. El objetivo era un supermercado grande a unas seis cuadras. Habían visto el cartel a lo lejos días antes, y aunque probablemente estuviera saqueado, Ariadna confiaba en que en las cámaras frigoríficas o el almacén quedara algo. En la primera esquina, un ruido metálico las detuvo. —Shhh… —Ariadna alzó la mano y se agachó. Cloe contuvo la respiración. Dos figuras tambaleantes salieron de detrás de un camión. La piel cuarteada, las mandíbulas desencajadas, los ojos lechosos que no parpadeaban. Ariadna apretó el gatillo de la ballesta improvisada que había conseguido días atrás; la flecha se incrustó en el ojo de uno. El otro avanzó a tropezones, soltando un gruñido grave. Ariadna lo remató con un cuchillo en la base del cráneo. —No te alejes de mí —susurró, limpiando la hoja. Llegaron al supermercado. Las puertas de vidrio estaban rotas, y el suelo cubierto de cristales y charcos oscuros. Adentro, el silencio era tan denso que se podía cortar. Los estantes estaban saqueados, pero al fondo, las puertas dobles de metal seguían cerradas. —Ahí debe estar el almacén —dijo Ariadna. Empujó la primera puerta, chirriante, y un olor rancio salió a recibirlas. Entre cajas de cartón húmedas, encontraron varias bolsas de arroz, latas de frijoles, paquetes de pasta. No era mucho, pero era más de lo que tenían. Cloe, agachada, descubrió una caja con vendas y alcohol. —Esto… esto es bueno, ¿verdad? —Muy bueno —Ariadna sonrió por primera vez en días. Pero el momento se rompió con un sonido bajo y húmedo, como carne arrastrándose por el suelo. Desde detrás de una pila de cajas emergió una criatura distinta: más delgada que un humano, pero con extremidades largas y huesudas. La piel colgaba a tiras, y en su rostro, una mandíbula doble se abría y cerraba, dejando escapar un silbido agudo. —Cloe, atrás. La criatura se lanzó. Ariadna disparó, pero falló por centímetros. El impacto la derribó contra las latas, y el bicho trató de morderle el cuello. El hedor era insoportable, mezcla de sangre podrida y químicos. Forcejeó, empujando el cuchillo hacia la garganta del monstruo, que chilló antes de desplomarse. Cloe temblaba en la esquina, pero corrió hacia ella. —¿Estás bien? —Sí… —Ariadna jadeó—. Pero tenemos que irnos ya. El ruido atrae más. La salida no fue fácil. En la calle ya se movían varios infectados atraídos por el eco de la pelea. Ariadna sujetó la mochila y tomó la mano de Cloe. Corrieron entre autos, saltando sobre cuerpos, mientras detrás de ellas el sonido de decenas de pasos arrastrados crecía. En una calle lateral, encontraron un edificio de oficinas con la puerta abierta. Entraron, subieron dos pisos y bloquearon el acceso con un archivador. Ambas cayeron al suelo, respirando con dificultad. Ariadna revisó la mochila: comida, medicinas, y un par de botellas de agua. No era una victoria total, pero era vida por unos días más. Cloe, recostada contra la pared, la miró. —Hoy… casi te pierdo. Ariadna apretó la mano de su hermana. —No voy a dejar que pase. No otra vez. Pero en sus pensamientos, la imagen de su padre, encadenado, lanzándose contra los mutados, ardía como una herida abierta. Y aunque lo odiaba… una parte de ella también sentía que esa misión había sido para él.
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