Capítulo 20: Sombra
El pasillo final las condujo a una escalinata angosta, iluminada por una tenue luz verdosa que parpadeaba desde una vieja lámpara de emergencia. La camilla con su madre en criostasis se deslizaba con dificultad entre los escalones, y Ariadna sentía el peso del cansancio en cada músculo. Detrás de ella, Cloe caminaba en silencio, pero con los ojos abiertos como faros.
—¿Estás segura que por aquí salimos? —preguntó Cloe con un tono tembloroso.
—Eso decía el mapa... pero no estoy tan segura ahora —murmuró Ariadna, observando los muros cubiertos de moho y esas manchas oscuras que parecían... recientes.
Al llegar al final, una compuerta oxidada bloqueaba el paso. Ariadna usó su palanca y fuerza, hasta que finalmente la puerta cedió con un chirrido doloroso.
La cámara que apareció ante ellas era circular, con una estructura metálica central, como un nido de cables y tubos interconectados. En las paredes, monitores encendidos mostraban datos biológicos. Algunos aún cargaban el sello del Ejército. En uno de ellos, un video comenzó a reproducirse de forma automática.
> "FASE FINAL DEL PROYECTO: ARAKNE. Iniciando protocolo de contención."
Una imagen emergió. No era humana.
Una criatura... alta, con extremidades largas como lanzas, ojos múltiples y una espalda que se dividía en filamentos negros que latían como tentáculos. El archivo explicaba su origen: un experimento creado a partir del genoma mutado combinado con neurotejido humano, con la intención de desarrollar un arma biológica definitiva. Arakne no era un error. Era el "plan final" si todo salía mal.
Y había salido mal.
Un zumbido metálico resonó en las paredes. Una compuerta interna se abrió lentamente.
—Ari... —susurró Cloe, escondiéndose detrás de ella—. Algo viene...
Una figura se arrastraba por el túnel contiguo. No era exactamente como en el video. Era peor.
La criatura parecía haberse fusionado con partes del laboratorio: tenía cables atravesando su carne, luces intermitentes incrustadas en su pecho. Emitía un siseo agudo, como un modem distorsionado, y sus ojos múltiples giraban de forma independiente.
Ariadna retrocedió lentamente.
—No dispares —se dijo a sí misma—. Observa su patrón...
Pero Cloe, sin querer, tropezó con una de las ruedas de la camilla. El golpe sonó como un trueno.
La criatura chilló y se lanzó hacia ellas con una velocidad brutal.
Ariadna activó el generador de pulso sónico que había recogido. Lo apuntó y disparó. Una onda azul se extendió por la sala, lanzando al mutado contra una pared. El ser se retorció, pero no murió.
—¡Corre! —gritó Ariadna, empujando la camilla mientras Cloe corría junto a ella.
Los pasillos eran ahora una red de corredores estrechos, algunos llenos de humo y otros colapsados. Se abrían puertas al azar, algunas con cuerpos humanos, otras con horrores imposibles de describir.
Finalmente, llegaron a una sala con una escotilla superior. Un ascensor de emergencia oxidado colgaba de unos cables medio sueltos. La única salida.
—Cloe, súbete primero.
La niña trepó como pudo, activando el panel de emergencia.
Ariadna empujó la camilla con fuerza, pero esta se atascó.
La criatura los alcanzó.
Ariadna giró, disparó varias veces con su rifle, pero los proyectiles apenas ralentizaban a Arakne. Estaba encima de ella cuando...
Una luz envolvió a la criatura. Cloe, desde arriba, con las manos temblando, extendía sus dedos hacia el ser.
Una descarga psiónica emergió de su cuerpo, directa y letal. El mutado gritó, se tambaleó, y finalmente cayó, inmóvil. Vapor n***o salía de sus heridas.
Ariadna la observó desde abajo, con lágrimas en los ojos.
—Eres... más fuerte de lo que imaginé.
Cloe lloraba, temblando, pero logró responder:
—No quiero ser un monstruo...
—No lo eres.
Lograron sacar la camilla. Ariadna subió junto a su hermana. Al activarse, el ascensor crujió, comenzó a subir, dejando atrás los horrores del laboratorio.
Cuando emergieron... vieron la noche.
Estaban en las afueras de la ciudad. Ruinas, árboles oscuros y el eco de criaturas lejanas. Pero también... aire fresco.
Habían escapado del infierno.
Pero el mundo allá afuera... tampoco era seguro.
Y el verdadero final... aún estaba por escribirse y ella no estaba lista para los nuevos acontecimientos en este nuevo mundo lleno de tanto caos ya no hay un lugar seguro donde su hermanita pudiera crecer sin miedo a ser devorada por esas bestias en las que han convertido a los humanos, su mas grande miedo ya esta puesto sobre la mesa.
(...)
El pasillo que se abría tras la compuerta oxidada era estrecho y sinuoso. El aire estaba viciado, impregnado de humedad, polvo viejo… y algo más. Algo que olía a carne descompuesta y metal quemado.
—No me gusta esto —susurró Jezabel, apretando la linterna entre los dedos mientras el haz tembloroso iluminaba paredes cubiertas de hongos y raíces negras que trepaban como venas por la piedra.
Ariadna sostenía a Cloe en brazos. La niña estaba despierta, pero su mirada se perdía entre sombras.
—Está ardiendo —murmuró Ariadna, al tocarle la frente—. Jez, tenemos que encontrar un lugar seguro. Algo... algo médico.
—En un sitio como este, dudo que haya algo que aún funcione —respondió ella, pero no se detuvo.
El túnel descendía más y más, hasta convertirse en una especie de galería subterránea. Las paredes estaban reforzadas con concreto, y cada cierto tramo aparecían señales de advertencia grabadas con pintura descascarada:
> **“ZONA CERO. NO ENTRAR.”**
> **“SECTOR EXPERIMENTAL. PERSONAL AUTORIZADO.”**
—¿Zona cero? —murmuró Ariadna.
—El núcleo… —susurró Jezabel—. Debemos estar cerca del origen del brote.
Un zumbido casi imperceptible, como de electricidad antigua, comenzó a flotar en el ambiente. Y entonces, la temperatura bajó de golpe.
Jezabel se detuvo en seco.
—¿Escuchaste eso?
—¿El zumbido?
—No. Voces.
Ariadna frunció el ceño. Escuchó... algo. Un murmullo lejano. Como si alguien repitiera su nombre, una y otra vez.
> *Ariadna... Ariadna...*
> *Estás cerca...*
—No es real —dijo, cerrando los ojos—. Es este lugar. Está… contaminado.
La locura flotaba en el aire como un gas invisible.
Avanzaron hasta llegar a una gran compuerta metálica medio abierta. Ariadna deslizó a Cloe en una manta y la dejó reposar sobre el suelo mientras Jezabel exploraba con su linterna. Detrás de la compuerta había un laboratorio oculto: lleno de vitrinas rotas, tubos con líquidos oscuros y cuerpos deformados flotando en cápsulas de cristal sucio. Todo cubierto por un silencio irreal.
Un temblor cruzó la sala. Algo se movía bajo el piso.
Ariadna encontró un terminal encendido, parpadeando. El archivo que estaba abierto tenía por título:
> **PROTOCOLO NÉMESIS – AUTOPSIA CONSCIENTE**
Se desplazó por las líneas de texto rápidamente, leyendo:
> "Fase 6 completada. Los sujetos no mueren. La conciencia permanece activa incluso tras la necrosis total del tejido cerebral. El vector se multiplica. El experimento sigue."
El archivo adjunto era un video. Lo reprodujo.
La imagen mostraba a un hombre, atado a una mesa de operaciones. Su piel había sido arrancada en ciertas zonas, revelando tendones negros y palpitantes. Pero sus ojos… sus ojos aún estaban abiertos. Y se movían.
> *—¿Qué se siente morir y no irte? —preguntaba una voz fuera de cámara.*
> *—Dolor. Dolor eterno —respondió el hombre con la voz rota—. Libérenme. Por favor…*
Ariadna cortó el video de golpe. Sus manos temblaban.
—Esto ya no es solo ciencia —murmuró—. Es una maldita pesadilla hecha carne.
Un golpe seco la sobresaltó. Jezabel gritó desde el otro extremo del laboratorio.
Ariadna corrió, el corazón martilleándole las costillas. Encontró a Jezabel apuntando con su linterna al techo: una figura humanoide, colgando entre los tubos, los ojos abiertos como platos, la boca cosida. Pero… moviéndose.
—¡No está muerto! —jadeó Jezabel.
—¡Cuidado!
La criatura cayó como una araña, quebrando el suelo con su peso.
Era un híbrido: zombi con modificaciones quirúrgicas, parte de su carne reforzada con placas metálicas y cables eléctricos. Avanzaba a cuatro patas, emitiendo un chillido que perforaba el cráneo.
Ariadna disparó su arma hasta que el cargador quedó vacío, pero el monstruo no se detuvo.
—¡¡Corre, toma a Cloe!!
Jezabel ya estaba en movimiento, jalando a la niña con desesperación.
Ariadna retrocedió, buscando algo. Una palanca, una compuerta, un maldito milagro.
Entonces lo vio: una consola de emergencia con una sola opción iluminada.
> **SELLO CRIÓGENO – PURGA DE CONTENCIÓN.**
—Esto es una locura… —murmuró, y presionó el botón.
El laboratorio tembló. Las luces explotaron una a una y un vapor denso comenzó a salir del techo.
—¡¡¡Ariadna!!! —gritó Jezabel desde la salida.
La criatura chilló con furia, pero sus movimientos se volvieron lentos. El gas la estaba congelando, ralentizando sus células.
Ariadna escapó por segundos, justo antes de que la compuerta se cerrara con un chasquido.
Jadeando, se reunió con Jezabel y Cloe al final del corredor. La niña abría los ojos con dificultad.
—¿Dónde… estamos…? —murmuró, con los labios secos.
—Casi en el infierno, mi amor —susurró Ariadna, besándole la frente.
El pasillo terminaba en un túnel de servicio. En la pared, una inscripción pintada a mano sobresalía sobre la mugre:
> **"CÁMARA AURORA – NO ENTRAR SIN TRAJE."**
> **"CONTAMINACIÓN ACTIVA – PELIGRO BIOLÓGICO."**
Jezabel tragó saliva.
—¿Vamos a entrar?
—No tenemos elección. Sea lo que sea que escondan ahí… forma parte de todo esto.
—¿Y si salimos peor?
Ariadna miró a su hermana y luego a Jezabel.
—Entonces lo haremos juntas. Hasta el final.
Y con el último aliento de cordura, se internaron en la oscuridad de la Cámara Aurora… sin saber que lo que encontrarían pondría a prueba no solo su cuerpo… sino su mente.