Las opciones que no elegí

2106 Words
Cassian Nunca me gustaron las sorpresas, menos aun cuando venían vestidas de cortesía. Eran las nueve de la mañana cuando mi asistente golpeó dos veces la puerta de mi oficina. Dos golpes, no uno. Eso solo significaba una cosa: mi abuela estaba en el edificio. —Ya sube —dijo, sin mirarme—. No vino sola. No pregunté con quién. No hacía falta. Me levanté, acomodé el saco y miré el reflejo en el vidrio. Control absoluto. Eso era lo que siempre proyectaba. Lo que nadie veía era el cálculo constante detrás de cada gesto. No reaccionar. No ceder. No mostrar el punto débil. Los buitres siempre esperaban encontrar algo fuera de lugar. La puerta se abrió de golpe, no hubo golpe, no hubo aviso, solo paso como quién gobierna un pueblo. Mi abuela entró primero, impecable como siempre, apoyada en su bastón solo por estética. Detrás de ella, cinco mujeres. Cinco. Las observé sin disimulo. Era imposible no hacerlo: todas parecían salidas de un mismo molde caro. Altas, delgadas, perfectamente arregladas, sonrisas ensayadas, miradas evaluadoras. Cada una llevaba el mismo mensaje tatuado en la postura: soy tu futura esposa. —Buenos días, Cassian —dijo mi abuela—. Llegamos temprano. La elección no debe hacerse con prisa. Quisiera decir que me asombraba que se prestaran para esto, pero no, no lo hacía. —No voy a elegir nada —respondí. Sonrió, fría, elegante, evaluadora. —Claro que sí. Solo que aún no lo aceptas. Mi abuela se acomodó en el sillón como si fuera la presentadora de un evento exclusivo. Alzó apenas el mentón, gesto mínimo. —Empecemos bien —dijo—. No te apresures. Elegir una esposa es como elegir una marca: no se trata solo de lo que ofrece, sino de lo que proyecta. La primera avanzó colocando las manos en su cintura. —Eleanor Whitmore —anunció—. Ojos marrones, cabello n***o, treinta y dos años. Ama el golf, el arte clásico y las galas benéficas. Nunca ha dado una declaración pública fuera de contexto. Sabe sonreír cuando debe y callar cuando conviene. Eleanor sonrió exactamente como se esperaba que lo hiciera. Ni más, ni menos. Más bien, predecible. —No fuma. No bebe en exceso. No tiene r************* personales —continuó mi abuela—. Ideal para una imagen sólida y conservadora. La observé sin interés. Era hermosa. Impecable. Y completamente intercambiable. —Charlotte Clastorn —dijo, señalando a la segunda—. Ojos verdes, cabello rubio natural. Veintinueve. Hija de senador. Le gusta correr maratones, el yoga y las cenas privadas. Sabe vestir para cada ocasión y nunca repite un vestido en eventos importantes. Charlotte cruzó las manos con elegancia. Me miró como si ya supiera cómo sería su vida a mi lado. Esperaba que le gustase el calor, porque sería un infierno. —Aporta contactos políticos —agregó mi abuela—. Muy útiles para alguien que quiere avanzar en el mercado. La tercera avanzó antes de ser llamada. —Isabella Montoya —dijo—. Ojos oscuros, cabello castaño. Treinta y cuatro. MBA en Harvard. Habla tres idiomas. Ambiciosa, pero entiende jerarquías. Puede acompañarte en reuniones sin eclipsarte. Isabella sostuvo mi mirada con una seguridad que no pedí. Era peligrosa de otro modo: quería ganar. —Le gusta el arte moderno —añadió mi abuela—. No pregunta por el pasado. La cuarta parecía querer desaparecer. —Margaret Collins. Ojos grises. Cabello claro. Treinta y uno. Le gusta leer, pintar acuarelas y mantenerse fuera del foco. Es obediente. Comprensiva. No genera conflictos. Margaret apenas levantó la vista. Perfecta para alguien que quisiera una esposa decorativa. La quinta dio un paso casi ansioso. —Victoria Hale. Veintisiete. Ojos azules. Cabello rojizo. Energía fresca. Aprende rápido. Se adapta. Es… moldeable. Ahí estuvo. Esa palabra otra vez. Moldeable. Las cinco mujeres. Cinco perfiles. Cinco productos listos para exhibirse. Mi abuela las había descrito como si fueran anuncios publicitarios de lujo: beneficios claros, defectos minimizados, promesas implícitas. Las miré una vez más y ocurrió lo impensado, porque ni en mi delirio más grande pensé que mi mente se fuese a ella. Evangeline Hartwell. No sabía el color exacto de sus ojos hasta que los recordé: no eran simplemente claros u oscuros, eran de un gris extraño, cambiante, como metal bajo distinta luz. Ojos que no pedían atención, pero la sostenían cuando la tenían. Su cabello no estaba pensado para admirarse. Castaño oscuro, siempre recogido de manera práctica, algunos mechones escapando sin pedir permiso y formando ondas rebeldes que desentonaban con todo su atuendo. Su piel tenía marcas mínimas en las manos. Señales de alguien que usaba el cuerpo para algo más que exhibirse. Sus dedos eran largos, firmes, precisos. Manos que saben reparar lo que otros rompen. No vestía para seducir ni destacar, iba cómoda, simple, impecable. Y aun así… había algo en la forma en que se movía que no podía ignorarse. No era suavidad, la tenía, pero ella desprendía control. Una quietud consciente. Como si cada gesto se hubiera decidido veinte pasos antes. Evangeline no sonreía para gustar. Lo hacía cuando algo la interesaba de verdad. Y eso hacía que fuera peligroso querer provocarla. Volví a la sala cuando carraspearon. Las cinco mujeres seguían allí, esperando. —¿Terminaste? —pregunté a mi abuela. Ella chasqueó la lengua. —No seas descortés. Podrías al menos fingir interés. Una de ellas será tu esposa. —No —dije con calma—. Ninguna lo será. El silencio cayó pesado. Las mujeres intercambiaron miradas incómodas. Mi abuela no se movió. —Te estás quedando sin margen, Cassian. —Al contrario —respondí. La miré desafiando un poco y ella me devolvió la mirada. —¿Alguna pregunta? —dijo mi abuela. —Sí —respondí—. ¿Alguna de ellas diría que no? Silencio. Mi abuela frunció apenas el ceño. —Eso no es relevante. —Para mí sí. Las miré una por una. —¿Alguna de ustedes rechazaría este matrimonio si se lo propongo ahora mismo? Ninguna habló. Victoria fue la única que abrió la boca… y la cerró sin emitir sonido. —Eso pensé —dije. Mi abuela apoyó el bastón con fuerza. —No estás buscando una esposa, Cassian. Estás buscando un desafío. —No —respondí—. Estoy buscando honestidad, alguien en quién confiar, no en tu mensajera. Ninguna de ellas será. Moví la mano y mi abuela ladeo el rostro. —No me digas que ya elegiste sin consultarme —dijo, con una sonrisa peligrosa—. Sería una decepción. —No necesito tu aprobación. Ella apoyó el bastón contra el suelo. —Necesitas mi silencio. Y aún no lo tienes. No dije nada y me observó con más atención. Sus cejas se subieron y me di cuenta que había encontrado la respuesta. —¿Ya tiene nombre? —preguntó. No contesté. —Eso es un sí —dijo—. Y eso me preocupa. —No debería. —Las mujeres que no necesitan nada suelen querer demasiado. Pensé en Evangeline. En su negativa tranquila, la distancia que ponía sin retroceder. —No quiere nada —dije. —Eso es lo que crees. Me acerqué al escritorio, pero ahora con un aire más frívolo. —Retíralas —ordené—. Ninguna sirve. Las mujeres se quedaron quietas. Mi abuela tardó unos segundos, pero finalmente asintió. —Pueden irse. Una a una salió. Algunas decepcionadas, otras aliviadas. Pero no importaba porque todas eran reemplazables. Cuando la puerta se cerró, quedamos solos. —Te estás arriesgando —dijo ella—. Pensé que eras más inteligente, pero estas dispuesto a perderlo todo por una desconocida que puede ser tu peor enemiga. —No me hables como si me conocieras. —Te crie —respondió—. Sé exactamente cuándo ya decidiste, aunque pretendas lo contrario. No contesté. —¿Es débil? —preguntó—. ¿Manejable? —No. —¿Entonces qué? Pensé en Evangeline Hartwell. En su espalda recta, aquellos ojos desafiantes, la delicadeza al trabajar y como fingía entereza. —Es independiente —dije— y eso la hace funcional. Mi abuela rio despacio. —Las mujeres independientes nunca son funcionales, Cassian. Son riesgos, porque no estan cuando se las necesitan. Necesitas una imagen, nada más que eso. —Un año —repetí—. Matrimonio contractual. Imagen pública. Estabilidad. Lo que pidieron. El resto no es asunto del consejo… ni tuyo. —¿Y el heredero? —Después. Sus ojos se afilaron. —Las cláusulas no esperan, yo tampoco. —Yo sí. Retruque y sonrió un poco. —Si esta mujer te falla… —No lo hará. —¿Por qué tanta seguridad? La respuesta llegó sola. —Porque no necesita ganarme. Es algo que nos beneficia a ambos. Me observó largo rato. Demasiado. —Quiero verla —dijo finalmente. —No. —Eso no es negociable. —Entonces no hay trato. El silencio volvió a tensarse. —Muy bien —concedió al fin—. Un año. Pero si falla, no habrá segundas oportunidades. Asentí. —Nunca las hay. Se levantó y caminó hacia la puerta. —Espero que sepas lo que haces —dijo sin girarse—. Porque si te equivocas… no será ella quien pague el precio. Cuando se fue, me quedé de pie frente al ventanal. Cinco opciones descartadas. Cinco caminos fáciles que no quise tomar. Porque la facilidad nunca construyó nada que valiera la pena. Tomé el teléfono. —Consígueme una cena privada —ordené—. Esta noche. Discreta. Sin prensa. Sin testigos. —¿Con quién, señor Ashford? Miré el reflejo de la ciudad en el vidrio. —Con la restauradora —respondí. Colgué. No sabía si Evangeline aceptaría, había una gran probabilidad de que no, tampoco si me odiaría por la propuesta, pero necesitaba intentarlo, estar con alguien que no intentase cambiar mi casa y mi vida, que fuese igual que nada cuando se fuera. No iba a elegir una mujer que quisiera quedarse. Iba a elegir a la única que podía irse. Y ofrecerle justo lo que más necesitaba… aunque aún no lo supiera bien. Tal vez porque la única necesidad del mundo entero era el dinero y yo tenía mucho. Me serví un whisky aunque aún no era mediodía. No lo necesitaba por el alcohol, sino por el gesto. Los rituales me ordenaban cuando algo empezaba a salirse del eje. Evangeline Hartwell no estaba en mis planes, ese era el problema. Había aprendido a anticipar movimientos, a leer personas como si fueran contratos mal redactados. Detectaba vacíos legales en discursos emocionales. Predecía traiciones antes de que ocurrieran. Pero ella… ella no encajaba en ningún patrón conocido. No me miraba esperando aprobación. No se acomodaba para agradar. No preguntaba cosas innecesarias. Y, sobre todo, no le interesaba. Eso debería haberme tranquilizado, en cambio, me inquietaba. Apoyé el vaso sobre el escritorio y pensé en su negativa implícita. En la forma en que siempre parecía lista para irse sin que la notaran. Las personas así no se aferran. No ruegan. Pero sobre todas las cosas, no negocian. Evangeline debía pertenecer a esa pequeña porción de gente con principios. Y yo estaba a punto de ponerle un contrato delante. Uno que no hablaba de amor, ni futuro, ni promesas que no pensaba cumplir. Un año. Imagen. Un apellido que la protegería… y la encerraría al mismo tiempo. No le pediría que me quisiera, pero sí que se quedara y esa contradicción me tensó el pecho de una forma incómoda. Mi teléfono vibró. —La cena está confirmada —dijo mi asistente—. Restaurante cerrado. Personal mínimo. Sin filtraciones. —¿Aceptó? Hubo una breve pausa. —Dijo que escucharía la propuesta. No más que eso. Sonreí apenas. Eso era un gran paso para alguien que parecía molesta con mi sola presencia. —Perfecto. Colgué y caminé hasta el ventanal. Abajo, la ciudad seguía su curso como si nada estuviera a punto de cambiar. Personas entrando en relaciones por deseo. Otras por miedo. Otras por conveniencia sin saberlo. Yo, en cambio, sabía exactamente lo que estaba haciendo. O eso creía. Mi abuela tenía razón en una cosa: las mujeres que no necesitan nada suelen querer demasiado. No bienes. No poder. No seguridad. Quieren verdad. Quieren control sobre sí mismas, mantenerse libres e independientes. Y yo… yo no era un hombre diseñado para compartir el control. Apoyé la mano en el vidrio frío. No iba a elegir una mujer que quisiera quedarse. Iba a elegir a la única que podía irse. Y ofrecerle justo lo que más necesitaba.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD