No me gusta perder el control

2331 Words
Cassian La sala de juntas olía a poder viejo. Cuero, madera lustrada, hombres que creían que el apellido Ashford les pertenecía tanto como a mí. Mi tío apoyó las manos sobre la mesa como si fuera suya. Mi madre no me miró. Nunca lo hacía cuando estaba de acuerdo con ellos. —El consejo fue claro, Cassian —dijo—. Sin un heredero legítimo, la cláusula entra en vigor. No levanté la voz. No fue necesario. —La empresa es mía. —Por ahora —corrigió mi tío—. Tu abuelo dejó condiciones: Tradición, estabilidad e imagen. La mayoría de ella las has roto con frecuencia. Imagen. La palabra favorita de quienes no construyeron nada. —Matrimonio y un hijo —continuó—. Eso es todo lo que pedimos. Un matrimonio formal, discreto. Lo que quieras, pero si no lo cumples, se acaba. Lo que quisieran decir era rechaza y nos quedamos con esto. —No voy a casarme para tranquilizar sus conciencias —respondí. —No es por nosotros —intervino mi madre al fin—. Es para proteger lo que construyo tu abuelo. Si no cumples, el consejo puede intervenir. Y sabes que están esperando ese error. Silencio. Sabían que no me hablaban como familia. Me hablaban como enemigos estratégicos. Mi abuelo no les dejo nada por ineptos y ahora querían vivir a base de mi costilla. —¿Ya eligieron a la candidata? —pregunté. —Hay varias opciones —dijo mi tío—. Mujeres adecuadas. Discretas. Ambiciosas en el buen sentido. Sonreí sin humor. —Nunca mezclaría ambición con ignorancia. Me levanté antes de que siguieran hablando. No necesitaba oír más. La amenaza estaba clara: o me casaba, o intentaban quitarme el control. —Si te niegas, lo pierdes. Mi abuela hablo por primera vez en toda la reunión. Sus ojos estaban llenos de desafió mientras me observaba. —Una esposa, de mi agrado o lo quemo todo. Apreté los dientes, no me gustaban las amenazas. —No todos pueden tener tu perfecto amor, abuela. Ella no se inmutó. Nunca lo hacía. Había sobrevivido a dos guerras empresariales, a un marido infiel y a tres hijos mediocres. El poder no se le había subido a la cabeza; lo llevaba en los huesos. —Será mejor que lo intentes —dijo—, porque yo decido mientras esté viva. Ese era el verdadero problema. No el consejo. No las cláusulas. No el matrimonio. Ella. La mujer que había criado a mi abuelo para gobernar y a sus hijos para obedecer. La única que entendía cómo funcionaba el apellido Ashford… y cómo destruirlo desde dentro si alguien se interponía. —¿Y si me niego? —pregunté, despacio. —Entonces activamos la cláusula de incapacidad —respondió mi tío con una sonrisa contenida—. Falta de estabilidad emocional. Riesgo reputacional. Falta de proyección familiar. Traducción: te quitamos el control con una firma. Miré a cada uno de ellos. Sus trajes caros, sus manos limpias, sus ojos ansiosos. Ninguno había creado nada. Ninguno había tomado una decisión real sin respaldo. Pero todos estaban dispuestos a reclamar lo que no les pertenecía. —Un año —dije finalmente. Mi madre alzó la vista. —¿Qué? —Un matrimonio contractual de un año —continué—. Sin herederos inmediatos. Sin interferencias. Sin elección impuesta. Mi abuela entrecerró los ojos. —Eso no cumple con la cláusula. —Cumple con la imagen —repliqué—. Y con la estabilidad. El resto se negocia después. Silencio. Sabía que estaba tensando la cuerda. También sabía que no podían romperla todavía. Yo era el rostro, el cerebro y la firma que sostenía Ashford Group. Sin mí, el imperio se volvía vulnerable. —¿Y la mujer? —preguntó mi tío—. No puedes elegir a cualquiera. Sonreí. Esta vez, de verdad. —Justamente —dije—. No será cualquiera. No expliqué más. No les di nombres. No les di poder sobre la decisión. Me di la vuelta y salí de la sala sin esperar permiso. El ascensor descendió en silencio. Mi reflejo en el espejo me devolvió la imagen de un hombre que no estaba acostumbrado a ceder, pero que sabía cuándo moverse para no perderlo todo. Un año. Doce meses podían parecer una eternidad… o una jugada precisa. No buscaba una esposa, buscaba una solución. Alguien que no quisiera nada de mí más allá del acuerdo. Alguien que no se enamorara. Alguien que pudiera desaparecer cuando el contrato terminara. Alguien que no se quedara. Eso era lo único que garantizaba el control. Horas después, ya en mi oficina, pedí informes. No sobre mujeres de sociedad. No sobre herederas ni modelos ni hijas de socios. Esas venían con expectativas, con filtraciones, con debilidades visibles. Quería a alguien distinto. —Filtra por mujeres sin vínculos con el entorno empresarial —ordené—. Profesionales. Independientes. Perfil bajo. Sin ambición pública. —¿Algún rango de edad? —preguntaron. —Treinta a treinta y cinco —respondí—. Lo suficientemente adultas para no idealizar. Lo suficientemente jóvenes para no necesitarme. Colgué sin esperar confirmación. No fue inmediato. Las opciones aparecieron rápido, pero ninguna encajaba del todo. Todas tenían algo que no me servía: necesidad, hambre de ascenso, deseo de permanencia. Entonces apareció un nombre ya conocido. Evangeline Hartwell. No fue romanticismo ni destino. Yo no creía en coincidencias. Solo en causas. Una mujer que no pidió nada, que no retrocedió, no intentó agradar. La que no parecía necesitar a nadie. Exactamente el tipo de mujer que aceptaría un contrato… y cumpliría su parte. Cerré el archivo con calma. No creo en las coincidencias. Todo lo que sucede tiene una causa, una línea de decisiones previas que lo explican. El caos es solo ignorancia con otro nombre. Por eso me resulta intolerable. Por eso lo elimino. Evangeline Hartwell fue una anomalía. No por su negativa. Estoy acostumbrado a que me digan que no antes de cambiar de opinión. Tampoco fue su tono. La mayoría de las personas se vuelve insolente cuando intenta parecer valiente. Fue otra cosa. La forma en que me sostuvo la mirada sin desafío. La manera en que no retrocedió… ni avanzó. Como si hubiera entendido que el poder no siempre se mide en distancia. Desde la ventana de mi oficina, el museo parecía una maqueta perfecta. Simétrico. Predecible. Bajo control. Exactamente como debía ser. Ella no. —¿La restauradora ya se fue? —pregunté sin girarme. —Sí, señor Ashford —respondió mi asistente—. Salió hace diez minutos. Asentí apenas. Diez minutos era demasiado poco tiempo para que su imagen siguiera ocupando espacio en mi cabeza. Eso me molestó. Me giré hacia el escritorio y tomé la carpeta que había pedido apenas regresé del museo. No tuve que explicar por qué. Nadie me pregunta razones. Solo ejecutan. Evangeline Hartwell. Treinta años. Restauradora de arte especializada en obras del siglo XVIII. Historial impecable. Sin escándalos. Sin ambición visible. Leí el informe una vez. Luego otra. Nada fuera de lugar. Eso también era sospechoso. Las personas que no dejan rastros suelen estar ocultando algo… o huyendo de ello. Cerré la carpeta con un golpe seco. No me había gustado cómo me habló, tampoco cómo se dio la vuelta sin esperar respuesta, pero lo que realmente me irritó fue otra cosa. No me pidió nada. La mayoría lo hace. Ayuda, tiempo, dinero, influencia. Ella no. No pidió, no insinuó, no negoció. Simplemente eligió. Y yo no estaba acostumbrado a que alguien eligiera sin tenerme en cuenta. —Quiero una reunión con el director del museo —ordené—. Hoy. —¿Algún motivo específico? —Sí —dije—. Cambié de idea. Eso siempre era suficiente. Horas después, estaba sentado frente a una mesa de madera pulida, escuchando explicaciones innecesarias sobre presupuestos, plazos y protocolos. Fingí interés. No era difícil. Aprendí hace años a parecer paciente. —La señorita Hartwell es una de nuestras mejores restauradoras —dijo el director—. Pero es… inflexible. —Lo noté. —El arte requiere tiempo. Presión excesiva podría… —No estoy aquí para discutir técnicas —interrumpí—. Estoy aquí para asegurar resultados. El silencio que siguió fue cómodo para mí. Incómodo para él. —Tres semanas —continué—. Libertad técnica. Sin interferencias externas. —Eso fue exactamente lo que ella pidió… Lo miré. —Entonces estamos de acuerdo. La reunión terminó cinco minutos después, mientras regresaba a la oficina, pensé en su espalda recta, en la manera en que se arrodillaba frente al cuadro como si el mundo no existiera más allá de ese lienzo. En cómo no intentó impresionarme ni seducirme o desafiarme. Las mujeres se me lanzaban cada vez que llegaba, ella… solo se mantuvo firme. Eso era peligroso. Esa noche, revisé su expediente médico sin darme cuenta de que lo estaba buscando. No había nada. Demasiado limpio. Todo era limpio. Ni relaciones. Ni parejas o hijos. La mujer era un gran agujero n***o en el sistema. Cerré el archivo y apoyé los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos. El reflejo en el vidrio me devolvió la imagen de un hombre que no estaba acostumbrado a cuestionarse. Yo no seguía impulsos, los controlaba. Entonces, ¿por qué había ido al museo en persona? ¿Por qué no envié a alguien más? ¿Por qué recordaba el tono exacto de su voz? No me gustó ninguna de esas preguntas. Decidí hacer lo que siempre hacía cuando algo escapaba a mi control: acercarme más. —Quiero saber dónde vive —dije al teléfono—. Rutina. Contactos. Todo. —¿Alguna preocupación de seguridad? —Sí —respondí—. La mía. Colgué antes de escuchar la confirmación. No era obsesión, era prevención. Dos días después, me informaron que Evangeline Hartwell vivía en un departamento modesto, en una zona tranquila. Caminaba al trabajo. No tenía escolta. No tenía pareja conocida. Sus horarios eran regulares… salvo por algunas ausencias médicas que no figuraban en su contrato. Eso llamó mi atención. No porque fueran frecuentes, porque estaban justificadas con demasiada precisión, los certificados estaban detallados con exactitud y todo eran de un mismo día: Martes. Había aprendido a leer entre líneas, sabía cuándo algo raro había, por lo que decidí verla de nuevo. No avisé ni pedí permiso. Al tercer día regresé al museo. Ella estaba sola, de pie frente al cuadro, con el ceño apenas fruncido. No me escuchó llegar. No hasta que estuve lo suficientemente cerca. —¿Siempre trabaja hasta tan tarde? —pregunté. No se sobresaltó, eso también me irritó. —Siempre que es necesario —respondió sin mirarme—. Supuse que no volvería tan pronto. —Cambié de planes. —Eso parece habitual en usted. Había algo peligroso en cómo me hablaba. No insolente. No provocador. Honesto. —Quería ver el progreso —dije. —El arte no avanza más rápido porque alguien lo observe. —La gente sí. Giró la cabeza entonces. —No soy su gente, señor Ashford. Nuestros ojos se encontraron. Sentí algo incómodo instalarse en mi pecho. No era deseo. No exactamente. Era una necesidad más primitiva. La de mantener algo dentro de mi campo de visión. —No —dije—. Aún no. Su expresión no cambió. Pero algo en su respiración sí. —¿Puedo seguir trabajando? Asentí. No me moví. La observé trabajar en silencio, cada movimiento preciso, controlado. No desperdiciaba energía. No buscaba aprobación. Era eficiente sin ser fría. En mi lengua eso tenía una sola palabra: peligro. Entendí qué era lo que me inquietaba de ella, Evangeline Hartwell no necesitaba a nadie y eso hacía que, si decidía irse, no hubiera forma de detenerla. No me gustaba perder el control. Lo había construido todo para evitarlo: el imperio, las cláusulas, los silencios bien comprados, las personas a distancia exacta. Nada quedaba librado al azar. Nada debía sorprenderme. Y, sin embargo, ahí estaba. Una mujer que no pedía. Que no se ofrecía. Que no esperaba ser elegida. Evangeline Hartwell no encajaba en ningún sistema que conociera. No buscaba poder, no parecía necesitar dinero, no deseaba permanecer. Si aceptaba algo, sería solo por decisión propia… y si se iba, no habría forma de retenerla. Eso era lo verdaderamente peligroso. Apoyé la mano en el vidrio del ventanal, observando el museo iluminado a lo lejos. Un edificio lleno de obras destinadas a ser conservadas, protegidas, restauradas cuando el tiempo las desgastaba. Las personas no funcionaban así. Algunas se rompían sin aviso, otras desaparecían sin dejar huella. Ella parecía del segundo tipo. Respiré hondo. Pensé en la cláusula. En mi abuela. En el consejo esperando un error. Pensé en el año que debía ganar… y en la mujer que no parecía querer nada de mí. Un contrato. Reglas claras. Un final previsto. Eso era control. O eso me repetí mientras tomaba el teléfono y marcaba el número que cambiaría el curso de todo. —Quiero que prepare un acuerdo matrimonial —ordené—. Confidencial. Blindado. Un año de duración. Hubo una breve pausa al otro lado de la línea. —¿Alguna candidata definida? Miré a través del ventanal, hacia el museo iluminado a lo lejos. Pensé en su espalda recta. En su silencio. En la forma en que no pidió nada. —Sí —respondí—. Ya la encontré. Colgué sin esperar confirmación. No sabía si aceptaría. No sabía si me escucharía. Pero por primera vez en mucho tiempo, algo no estaba garantizado. Y eso me irritó. Porque Evangeline Hartwell no era una elección conveniente. Era un riesgo calculado. Y, aun así, iba a ofrecérselo todo como si fuera solo un trámite más. Un contrato. Una propuesta imposible de rechazar, o eso creía. Porque mientras yo diseñaba el acuerdo perfecto, ella todavía no sabía que acababa de convertirse en la única variable que no podía controlar. Y yo…no me gustaba perder el control.
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