Evangeline El eco de los pasos de Miller en el pasillo se había convertido en el metrónomo de mi ansiedad. Cada vez que pasaba frente a la puerta, sentía un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del penthouse. Había vaciado tres dosis más en el lavabo, reemplazándolas con agua destilada, pero la farsa me estaba agotando los nervios. Sentía que el suelo bajo mis pies era de papel y que, en cualquier momento, me hundiría. El timbre del ascensor privado rompió el silencio. No era el paso firme y autoritario de Cassian. Era un caminar ligero, rítmico, cargado de una elegancia que no se compraba. Eleanor Ashford. Se detuvo en el umbral, envuelta en un abrigo de cachemira color perla. Su mirada no era la de Beatrice; la de Eleanor era líquida, oscilando entre la co

