Jean Pierre se detuvo en seco, con el corazón sobresaltado, al percibir que la figura que se había lanzado sobre él no era una amenaza, ni tampoco un error. Era su hija menor, Cecilia. Una ráfaga de luz y alegría, un torbellino de emoción que había salido disparada desde algún rincón apenas lo vio llegar junto a Aidan. Desde la lejanía, ella lo había reconocido, ese andar inconfundible, esa silueta que, aunque cansada, seguía siendo su refugio favorito. La emoción le ganó por completo. La niña corrió a toda velocidad hacia él, saltando con la precisión de un relámpago amoroso, y se le lanzó encima sin pedir permiso, sin pensar en consecuencias. Solo sintiendo. El impacto fue directo, más emocional que físico, aunque Jean Pierre soltó una leve queja apenas sintió cómo Cecilia le cayó sobre

