El cuarto día se consumió entre las sábanas de la habitación y la penumbra de las persianas entornadas, como si el tiempo hubiera decidido detenerse solo para nosotros. Barcelona seguía allí fuera, una ciudad vibrante y ajena, pero nuestro universo se había reducido a las cuatro paredes de aquel hotel, al roce de nuestra piel, a la respiración compartida y al silencio cómplice. No necesitábamos salir. La comida, las conversaciones sobre temas triviales y el sexo —un descubrimiento constante y hambriento— llenaban cada hora. Era una burbuja perfecta, aislada de la presión de los apellidos Sinclair y Kensington, una tregua en medio de una guerra que apenas empezaba a gestarse en mi mente. Cuando cayó la noche del cuarto día, la habitación se sintió pequeña. La asfixia de la inminente partid

