El sol, bajo y pálido, se filtraba por las vidrieras del ala privada de la Villa. La resaca de la boda de Beatriz y Gabriel se sentía en la calma opresiva de la mansión. Elliot y Amelia intentaban aferrarse a la frágil normalidad, pero la presencia de la carta de Nicolas Pierce había alterado algo fundamental. La mentira que les había dado paz ahora se sentía como una bomba de tiempo. Elliot se encontraba frente al fuego, releyendo un informe sobre la gestión de tierras, un vano intento de sostener su mente en lo mundano. Amelia, envuelta en una bata de seda color marfil, se acercó a él con un tazón de cerezas en conserva. —¿Sigue siendo el "pariente lejano" tan importante como para robarte el aliento? Elliot suspiró, tomando una cereza de sus dedos. —Nicolas Pierce. El hermano de Nata

