La noche de la gala benéfica había llegado. Amelia se miró al espejo, el vestido de seda azul medianoche elegido por Elliot la hacía parecer etérea, contrastando poderosamente con la piel blanca de sus hombros y el escote modesto pero revelador. Lo que realmente la hacía brillar, sin embargo, era la anticipación. La prohibición de los últimos días se había convertido en una tortura deliciosa, y esta noche, la tortura terminaría. Llamaron a la puerta, y Elliot entró. Estaba impecable en su frac n***o, una figura imponente y poderosa, pero Amelia notó la tensión en la línea de su mandíbula. Su mirada la recorrió lentamente, desde el peinado hasta el dobladillo, y por un instante, su autocontrol se fracturó, revelando el hambre en sus ojos grises. —Vengo a cumplir con el deber del anfitrió

