Las semanas posteriores al duelo se habían extendido en Eastbourne con una pesadez silenciosa. La versión oficial del "accidente de caza" había sido aceptada por la Gente, pero la verdad, fría y violenta, se había incrustado en el alma de Elliot como un fragmento de la bala que él mismo había disparado. No había rabia, solo una pena profunda, domesticada por la necesidad. Elliot ya no era el hombre que se autoexigía la perfección; era el hombre que había matado a su amigo de toda la vida, para salvar su vida y la de su esposa. Esta terrible verdad, conocida solo por Amelia, el Conde Stephan y Lord Gabriel, había transformado su relación. Ya no era la unión basada en el deber y la admiración, sino una alianza forjada en el trauma y el secreto compartido. El embarazo de Amelia, confirmado

