El salón de baile, con sus espejos, el brillo de los candelabros de cristal y el vapor del champagne, era la prisión perfecta. Amelia y Elliot se movían a través de la multitud, sus saludos impecables, sus sonrisas calibradas. Él la sostenía firmemente por la cintura, un gesto de posesión que solo aumentaba el hambre que habían despertado en el tocador. Los zafiros de su cuello atrapaban la luz, un signo de su nueva realeza social y la belleza inigualable de ambos intensificaba el aire. Después de sortear los primeros saludos y las miradas envidiosas, Elliot la guió con paso firme al centro de la pista para el vals de medianoche. “Mi turno, esposa,” susurró él, y el tono no era una pregunta, sino una orden que ella estaba ansiosa por obedecer. La orquesta atacó la melodía del vals de St

