La luz de la mañana inundó la habitación de invitados. Amelia, agotada, pero con la armadura puesta, terminaba de cambiar las compresas del Conde. El Conde Stephan estaba despierto, sentado sobre las almohadas, y sus ojos grises la observaban con una cortesía distante. —Buenos días, señorita —dijo el Conde, su voz era profunda y educada—. Le ruego que me disculpe por mis demandas de anoche. El dolor en mi cabeza me deja... desorientado. Por favor, atribuya mi falta de juicio al golpe y no a una falta de respeto. Amelia sintió una punzada de lástima por la aparente fragilidad del hombre. Elliot y ella estaban convencidos de que la amnesia y la confusión eran reales. —Es comprensible, Conde. Es un golpe muy fuerte además de delicado. El Conde tomó la taza de té, sus manos fuertes y bien

