El caos inicial de la mansión se había transformado en una sala de guerra helada. Elliot estaba parado frente a la chimenea, su postura de Duque había desaparecido, reemplazada por la cruda ferocidad de un hombre al que le habían robado a su hijo. El Conde Stephan, sentado, estaba pálido, pero su mente funcionaba con la lógica de un estratega. Lord Gabriel y Tía Beatriz estaban a su lado. —La policía es inútil —dijo Elliot, apretando el puño—. Si le hacemos caso a la nota y no acudimos a ellos, nos arriesgamos a que le hagan daño. Si vamos, Ethan lo sabrá. —Ethan ha ganado la primera ronda —intervino el Conde Stephan—. No podemos arriesgarnos. Debemos conseguir el dinero, pero eso solo nos da tiempo. Necesitamos encontrarlos antes de que el dinero cambie de manos. Lord Gabriel, con su t

