El carruaje de Elliot y Lord Gabriel llegó a la Villa, en Eastburne bajo la lúgubre luz del anochecer. Evan, aunque débil y aún bajo la sombra de la fiebre, dormía tranquilamente en los brazos de Elliot. La familia se reunió en el vestíbulo; el Conde Stephan y Tía Beatriz, aliviados, ayudaron a llevar al niño a su cuna. La alegría era silenciosa y sombría. Amelia, aún frágil, abrazó a su hijo con lágrimas silenciosas. —Está a salvo. Gracias a Dios —susurró, aferrándose al milagro del regreso de Evan. La paz duró poco. Mientras Elliot y Gabriel discutían los detalles del ataque de Ethan, llegó un telegrama urgente. Un mensajero del pueblo confirmaba lo que Elliot más temia: Natalie Pierce, la Aristócrata empobrecida, había desaparecido en la madrugada y su cuerpo había sido encontrado a

