El Conde Elliot Roland-Johnson despertó con el corazón latiendo con la furia de un tambor. El frío de la madrugada en su habitación solitaria no era suficiente para disipar el calor que lo envolvía.
Llevó la mano a su pecho, y la piel ardía, no por la culpa de un hombre que había fallado, sino por el anhelo de uno que deseaba lo que le estaba prohibido.
La imagen de Amelia, en la penumbra de su habitación, con la bata ligeramente abierta, se había grabado en su mente.
Pero no era la Amelia real quien lo había despertado, sino su subconsciente, que se burlaba de su honor con una vívida y peligrosa fantasía.
Amelia estaba tan cerca de mí, mirando distraídamente su ropa. Lentamente, subió su falda un poco más arriba de la cadera, dejando al descubierto sus hermosas piernas desnudas, con el precioso liguero de encaje ajustado en el muslo, abiertamente a la vista.
Lentamente, me acerqué a acariciar el costado de su pierna izquierda con el dedo índice de mi mano, recorriendo lentamente los recovecos de su piel, despacio, agonizante. Justo cuando llegué a la esquina de su cadera, la jalé hacia mi cuerpo con una determinación que me sorprendió a mí mismo.
Con deseo y valentía, me acerqué poco a poco, con el toque ligero de mi dedo pulgar, rocé con delicadeza su labio inferior y la atraje a mi boca. Probar esos perfectos labios rosados fue el delirio casi asfixiante desde que los vi. No había paisaje más bello que su cara sonrojada.
Profundicé el beso y su respuesta, casi natural, causó en mí sensaciones suplicantes en todo mi cuerpo. Tener contacto con su piel cálida, la proximidad de su aliento, la sensación casi posesiva de apretar su delicada cintura, me tenían en un éxtasis difícil de explicar.
Justo en ese momento, abrió los ojos de golpe, esos bellos ojos verdes cautivadores que fueron lo último que vi, al momento de despertar…
Elliot se incorporó. Se había fallado a sí mismo, y peor, le había fallado a Ethan. El pacto de no tocar a Amelia se había roto anoche por un simple tropiezo, y ahora, su mente había consumado el acto de traición.
Se dirigió al tocador, cerró los ojos con fuerza, se tocó los labios con los dedos, llenó la jarra de agua fría y se la echó en el rostro, intentando enfriar el recuerdo del liguero de encaje y el sabor de sus labios.
Más tarde, en el desayuno, el silencio era diferente al que compartían antes. Ya no era un silencio de formalidad; era un silencio cargado de un recuerdo compartido que solo existía en el subconsciente de Elliot, pero cuya tensión se sentía en la realidad.
Amelia entró en el comedor, luciendo un vestido de lana modesto pero elegante. Sus ojos verdes estaban ligeramente hinchados, revelando una noche de insomnio. Elliot apenas levantó la mirada de su periódico, temiendo que el anhelo aún dibujado en su rostro revelara la obscena traición que había cometido en sueños.
—Buenos días, Amelia —logró decir, su voz sonando más áspera de lo que pretendía.
—Buenos días, Elliot —respondió ella, tomando asiento en el extremo opuesto de la mesa, la distancia entre ellos una elocuente declaración de su pacto.
El mayordomo sirvió el té. La cucharilla golpeando la porcelana era el único sonido, pero entre ellos, el aire crepitaba. Amelia finalmente rompió la tensión, su voz era un hilo firme:
—Sobre anoche… con la Señora Paterson…
—Ya me he ocupado —la interrumpió Elliot, sin mirarla—. Mi abogado visitará a su parte hoy. No volverá a suceder, Amelia.
—No me refería a Dina —replicó ella suavemente, haciendo que él levantara la mirada—. Me refería… al pasillo.
Elliot cerró los ojos por un instante. El silencio se hizo más denso que la niebla en el risco. El recuerdo del contacto de su mano en su pecho se sintió tan real como el peso del papel que sostenía.
—Fue un tropiezo, Amelia. Nada más. No volverá a suceder —dijo él. Sus palabras eran frías, una armadura construida con desesperación.
Amelia asintió con una expresión que Elliot no pudo descifrar. ¿Alivio? ¿O decepción?
—Entiendo. Gracias por ser tan… caballeroso.
La palabra "caballeroso" lo golpeó como una piedra. Él no era honorable. Su mente acababa de destrozar su juramento.
—Siempre lo seré —mintió él, sintiendo el peso de la culpa, que ahora no era solo hacia su amigo muerto, sino hacia su esposa viva.
Elliot se puso de pie, incapaz de soportar más la tensión. Era imperativo que se marchara. Debía ahogar el sabor del deseo en trabajo y deber. Se acercó a la puerta, pero antes de salir, se detuvo, sin voltear.
—Luisa me informó que tienes un paseo programado esta tarde con el bebé. Iré contigo —dijo. Su voz no era una pregunta, sino una declaración de propiedad y necesidad.
Amelia no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz era un susurro que logró atravesar su armadura.
—Estaría encantada, Elliot —dijo.
No era la primera vez que pronunciaba su nombre, pero ahora sonaba diferente; se sentía como un reconocimiento íntimo, cargado de una vulnerabilidad compartida, aceptando su necesidad de cercanía.