Capítulo 7: Necesidad

808 Words
Elliot abandonó el comedor, incapaz de soportar un segundo más bajo la mirada de Amelia. Su mentira sobre la honorabilidad era una espina en su conciencia. La única forma de sofocar el anhelo que el sueño había despertado era ahogarse en el aislamiento de sus responsabilidades. En su estudio, cerró la puerta con los ojos cerrados sin soltar la chapa. Desvió la mirada rápidamente hacia la ventana, el cristal frío contra su cara, en un intento inútil de apagar el fuego interno. Su subconsciente gritaba la verdad que él se negaba a oír: no quería distancia, quería más, quería todo lo que ella ofrecía con su simple presencia. Se tocó la mano con disimulo, como si pudiera borrar la evidencia de su traición emocional. La Condesa no era un trofeo, ni una carga de culpa; era una necesidad. El carruaje de los Roland-Johnson era una declaración rodante de estatus. Amelia se sentó erguida, con Evan, el pequeño heredero, acunado con cuidado en sus brazos. A su lado, Elliot era una presencia poderosa e ineludible. Aunque el carruaje era amplio, la cercanía era palpable, intensificada por el silencio que ya no era casual, sino una negociación tácita entre dos viejos amigos. El paseo por Hyde Park era menos una salida y más una puesta en escena. Cada carruaje que pasaba representaba un par de ojos curiosos. Elliot se había sentado deliberadamente a la derecha, para ofrecer su perfil protector y asegurar que la Condesa se sintiera respaldada contra los murmullos de la sociedad. —Debemos sonreír, Amelia —susurró él, apenas moviendo los labios, manteniendo una sonrisa de hielo—. Debemos vernos unidos. Amelia asintió y forzó una sonrisa hacia el exterior. Pero al mirar a Elliot, y ver la tensión en su mandíbula mientras la defendía silenciosamente con su presencia, su actuación se hizo más fácil. La mentira se sentía cómoda porque el protector a su lado era verdadero. —Sonríe para mí, pequeña —dijo Elliot, su voz aún baja, pero ahora con un matiz juguetón que la sorprendió. Amelia no pudo evitarlo. Una sonrisa genuina se dibujó en sus labios, nacida de la sorpresa de su atrevimiento. —Mucho mejor. Ahora la gente creerá en nuestra historia de amor —replicó él, volviendo a su perfil pétreo. El carruaje se detuvo brevemente. Elliot sacó una nota de su bolsillo, leyendo un mensaje urgente de su abogado, lo cual rompió el glamour de la escena. Un mechón de cabello se escapó del moño de Amelia, molestándola al acariciar su mejilla. Intentó inútilmente sujetarlo con Evan dormido en un brazo. Elliot, aún absorto en su nota, sintió su leve frustración. Sin pensar, sin mirarla, extendió la mano libre y, con un movimiento tan natural como si lo hiciera todos los días, deslizó el mechón de cabello detrás de su oreja. El roce fue inocente, pero la intimidad de ese gesto fue brutal. No fue un accidente, fue una atención, cuidarla de forma inconciente. Su mano se demoró apenas un instante en el lóbulo de su oreja, una caricia diminuta que él no reconoció, pero que la piel de Amelia gritó. Amelia se quedó inmóvil, el calor se extendió por su rostro. La proximidad de su mano, la calidez y el olor de su piel eran un peligro silencioso. Elliot, al terminar de leer, se dio cuenta de su error. Su mano se retiró como si hubiera tocado fuego, y sus ojos grises se clavaron en los de ella, cargados de la misma tensión y pánico que habían compartido en el pasillo. —Perdóname, pequeña. He sido descuidado —dijo él, su voz apenas un hilo, la vergüenza subía a través de su piel. Amelia extendió su mano, no para tocarlo, sino para secar una lágrima invisible de Evan. Su pulgar rozó la seda del pañuelo de Elliot que sobresalía de su bolsillo. Lo retiró con delicadeza. —No te disculpes, Elliot. Es mi culpa —mintió. Ella tomó el pañuelo y, de forma deliberada, lo pasó por la delicada frente de Evan, que empezaba a sudar por el abrigo. El pañuelo, que olía a Elliot, a whisky y a colonia masculina, se convirtió en una extensión de su intimidad. Elliot la observó. Él le había prometido no tocarla, pero ella había encontrado una forma de abrazar su esencia a través de su hijo. Ella le devolvió el pañuelo, aún tibio por el cuerpo de Evan. Sus dedos se rozaron al entregarlo. —Deberíamos regresar, Elliot —susurró Amelia, incapaz de soportar la intensidad. Él asintió, su rostro una máscara de autocontrol. Al detener el carruaje, él no le tendió la mano para ayudarla a bajar. Simplemente la observó descender con su hijo. El paseo había terminado, pero la distancia se había reducido drásticamente, sustituida por el silencio compartido de un deseo que ninguno se atrevía a nombrar
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