EN EL PRESENTE
Elliot entró en la habitación. Su presencia llenó el espacio. Amelia se ruborizó bajo su mirada.
ELLIOT
Se acercó con paso lento. Se detuvo a una distancia respetuosa.
"Amelia," su voz era un susurro de autoridad. Debemos hablar. Este... arreglo, debe tener reglas para que te proteja de manera efectiva.
AMELIA
Las acepto, Elliot. Lo que sea necesario. Eres todo lo que tenemos.
ELLIOT
Sus ojos grises se fijaron en ella. Hablaba en primera persona, eliminando la formalidad fría.
Escúchame bien, pequeña. Mientras la sombra de la tragedia nos persiga y tú no te sientas segura, necesito que estés tranquila yo no te tocaré. Yo no compartiré esta cama contigo.
El apodo la golpeó con una oleada de calor inesperado.
ELLIOT
Es mi deber honrarte, Amelia. Y es mi deber honrar la memoria de Ethan. Por ello, debemos presentarnos ante el mundo como un matrimonio unido, feliz, enamorado, para acallar cualquier susurro que mancille su sacrificio.
AMELIA
Elliot, ¿Y tú? ¿Qué obtienes de esto? En este momento, no puedo prometer nada más que mi gratitud, yo no poseo nada.
ELLIOT
Yo obtengo paz, Amelia. Si te protejo, si protejo a Evan... quizás la deuda que siento por mi amigo y mi propia conciencia deje de asfixiarme. Eso es todo lo que necesito. Y ahora... tenemos un mundo que cree en nuestra tragedia y al que debemos engañar con una felicidad falsa.
Amelia observó la cuna ricamente adornada. El lujo no se sentía suyo; era solo un préstamo, una extensión de la culpa de Elliot. Ella comprendió: la deuda que le unía a Elliot no era solo legal; era emocional. La culpa de Elliot se había transformado en su escudo, y bajo ese escudo, Amelia sentía que su gratitud se estaba transformando en algo que peligrosamente se parecía al anhelo.
Unas horas más tarde…
AMELIA
En un susurro íntimo.
El invernadero... lo has cuidado muy bien, Elliot. Está... espléndido.
ELLIOT
Se inclinó, la calidez de su voz bajando a un murmullo.
Era un proyecto tuyo, pequeña. No permitiría que se marchitara. Lo necesitaba de vuelta a la vida, como tú.
Un sirviente abrió las puertas. Dina Paterson entró, vestida con luto elegante y caminando con la altivez de quien sabe que la ley está de su lado.
DINA PATERSON
Su voz resonaba con autoridad, se dirigió a Elliot ignorando a Amelia.
Estoy aquí para ver a la señorita Hunt. Hay asuntos urgentes y legales que deben ser tratados sin demora.
Su mirada se posó en Amelia, erguida y tranquila junto a Elliot. La sonrisa de Dina se congeló.
DINA PATERSON
Su voz perdió su tono sedoso, un hilo de ira comenzaba a asomar.
Elliot, ¿qué significa todo esto? ¿Por qué tiene esta mujer la audacia de estar en tu casa y de interrumpir nuestros asuntos?
ELLIOT
Se interpuso sutilmente entre Dina y Amelia. Su tono fue cortés, pero la frialdad en su voz era letal.
Significa, Señora Paterson, que ha llegado usted demasiado tarde.
Permítame presentarle a mi esposa.
Elliot permitió que la declaración se asentara. Observó el shock de Dina, y luego soltó el golpe de gracia.
Yo soy Elliot Roland-Johnson, su legítimo esposo y el padre legal de MI HIJO. Le aseguro que no permitiré que nadie, ni siquiera usted, cuestione o humille a mi esposa. Mi casa es suya, Amelia, y mi nombre es su respaldo.
Dina Paterson se quedó en silencio. Su plan de reclamar al niño se había desvanecido.
DINA PATERSON
Su voz recuperó el control, teñida de veneno.
Esto no ha terminado, Elliot. La ley tiene mucho que decir sobre las uniones aceleradas después de una... tragedia.
Tendremos una reunión formal pronto.
ELLIOT
Se inclinó ligeramente, un gesto de despedida.
Como desee. Mi abogado la contactará. Que tenga un agradable resto de su día, Señora Paterson. Y, por favor, permítame recordarle que la próxima vez, es cortesía anunciarse.
Dina se retiró, derrotada, pero con el orgullo intacto.
El silencio cayó sobre el invernadero. Elliot se giró, su rostro revelando por fin la tensión que había ocultado. Se pasó una mano por el cabello.
ELLIOT
Lo siento, Amelia. No debí dejar que eso sucediera.
AMELIA
Dio un paso hacia él. Extendió la mano y tocó la manga de su chaqueta a la altura del hombro. Fue la primera vez que lo tocó por voluntad propia.
No te disculpes. No te atrevas a disculparte.
Él se estremeció bajo su toque, y sus ojos se encontraron con una intensidad que Amelia no recordaba.
AMELIA
Su voz era baja y firme, llena de anhelo.
Gracias. Elliot, gracias por la defensa, por tu nombre... por MI HIJO.
Elliot no dijo nada. Simplemente colocó su mano sobre la de ella, apoyándola en su brazo. El contacto era eléctrico, y ambos entendieron sin palabras: la distancia se había roto, y el anhelo había comenzado.