El invernadero quedó en silencio, dejando un rastro de humedad y el aroma dulzón de las orquídeas. Amelia sintió que el aire se había vuelto denso, incapaz de disipar la electricidad que había viajado desde la manga de Elliot hasta su corazón. Él seguía sosteniendo su mano anclada a su brazo, un gesto posesivo que desmentía la promesa que había susurrado en su habitación.
Se quedaron así, en medio del salón, hasta que el sonido de la Tos de la Tía Beatriz les recordó el mundo exterior.
Elliot se recompuso de inmediato.
—Ven —dijo él, su voz apenas un gruñido ronco.
La soltó, pero el roce de su pulgar antes de separarse fue intencional, una huella que quemó la piel de Amelia. Él se dirigió a su despacho con pasos largos y decididos, sin voltear atrás, pero ella ya había visto el temblor que recorrió su mandíbula. Estaba tan afectado por el contacto como ella.
Amelia subió las escaleras, la mente revuelta. En el espejo del pasillo, se vio reflejada: la nueva Condesa, dueña de un castillo y el escudo de un hombre noble.
Pero al tocar su propio brazo, no sintió la seda del vestido, sino el calor persistente de la mano de Elliot, una promesa silenciosa y peligrosa. La defensa que le había ofrecido en el invernadero no había sido el acto de un protector, sino el rugido de un león reclamando lo que era suyo. Y ella, por primera vez, se sintió deseada, no por su herencia noble, sino por sí misma.
Esa noche, el juramento de Elliot la persiguió en la oscuridad. El tacto de su mano y la ferocidad de sus ojos se fundieron en un recuerdo persistente. Se levantó a revisar a Evan, envuelto en su propia quietud en la cuna. Aliviada, se dirigió a la ventana y miró las luces distantes. La enorme Mansión de los Roland-Johnson era una fortaleza, y Elliot, su guardián.
La puerta de la habitación se abrió suavemente. Elliot ingreso en silencio.
No se dio cuenta de su presencia hasta que sintió el calor de su cuerpo detrás de ella. Él no había encendido ninguna luz. Solo la silueta de su gran cuerpo llenaba el umbral, su figura imponente contrastando con el delicado marco de la puerta.
—No te asustes, pequeña. Escuché un ruido —susurró él, pero la excusa sonó hueca.
Amelia se giró lentamente, la distancia entre ellos era apenas un metro, pero en la oscuridad, cada centímetro se sentía cargado. Ella podía oler el whisky y la colonia de hombre, una mezcla embriagadora que le hizo olvidar la moral y la culpa.
—¿El niño está bien? —preguntó él. Su voz era áspera, controlada.
—Sí. Está dormido —contestó ella.
Él no se movió hacia la cuna. Sus ojos grises, oscuros como el carbón, estaban fijos en ella. La luz de la luna que se colaba por el ventanal pintó su cuerpo con plata, revelando la tensión en sus hombros. La presencia de Elliot no era reconfortante; era una amenaza para su propia voluntad.
El pacto de no tocarla se hizo evidente. Elliot dio un paso hacia atrás, aumentando la distancia. Pero en su prisa por retirarse, tropezó con una mesita auxiliar. El equilibrio se perdió por un instante, y antes de que pudiera evitarlo, su gran mano se extendió para estabilizarse, buscando un punto de apoyo que no estaba cerca.
Su mano no se apoyó en la pared. Se apoyó en el pecho desnudo de Amelia, justo en el espacio entre la bata de seda abierta y su camisón.
Fue un toque fugaz, un simple apoyo de segundos, pero la descarga fue brutal y mutua. Amelia soltó un jadeo ahogado.
Sintió la dureza de su palma, el calor de su piel, el contacto inesperado de la carne contra la carne.
Elliot se alejó con la rapidez de un animal asustado. Se apoyó contra el marco de la puerta, con la respiración entrecortada.
—Amelia, lo siento. Yo... yo no… —tartamudeó. Por primera vez, el Conde de Roland-Coventry no tenía el control y su nerviosismo era evidente.
Ella negó con la cabeza, incapaz de hablar. Su pecho ardía donde su mano había estado, y el sabor del deseo se instaló en su boca, caliente y prohibido.
—Buenas noches, pequeña —logró decir Elliot, su voz más firme ahora, pero la orden no era para ella, sino para él mismo. Cerró la puerta tras de sí con una suavidad forzada que gritaba aterrorizada.
Amelia se deslizó hacia la cama, su cuerpo temblaba. El pacto de no tocarse, forjado en el honor y la culpa, acababa de ser quebrantado por la simple ley de la gravedad. Ya no se trataba de una promesa rota; se trataba de una promesa imposible.