La mañana se abrió bajo un cielo gris. El Conde Stephan, sentado a la mesa, mantenía la farsa de su memoria difusa. Se comportaba con una exquisita y peligrosa cortesía. —Amelia, ¿podría recordarme la extensión de las propiedades de su padre? —preguntó el Conde, con la mirada fija en el informe meteorológico—. Mi memoria de la geografía está tan dispersa como mis modales de anoche. —Mi padre poseía tierras importantes en Gales, Conde, que él consideraba nuestras propiedades inglesas. Pero mi origen... —Amelia se detuvo, controlando un temblor. Revelar el Castillo de Bran era abrir la puerta a la fascinación y el prejuicio. Tía Beatriz, sintiendo la incomodidad, intervino. —Stephan, deja las finanzas en paz. Necesitas descansar. El Conde le dedicó una sonrisa estoica a su hermana. —So

