La pluma de Elliot rasgó el silencio de la biblioteca de la mansión. El olor a cuero antiguo y tinta fresca llenaba el aire de Eastbourne en 1845. No estaba firmando un cheque o un contrato comercial; estaba firmando el futuro inamovible de su hijo. —Si perdemos el juicio, si nos quitan el apellido Roland-Coventry por conspiración, al menos esto lo hará infinitamente más difícil —explicó Elliot, su voz tensa—. No nos arrepentiremos de nuestra elección. Amelia estaba a su lado, sosteniendo a Evan, que dormía plácidamente. La ironía era cruel: la guerra de la aristocracia se libraba por el silencio de un bebé. Ella no podía evitar mirar el rostro concentrado de Elliot; era la misma intensidad que aplicaba a cada acto de pertenencia mutua. La verdad de su unión no estaba en estos sellos de

