FLASHBACK - ELLIOT
"Más rápido," se urgió a sí mismo, la respiración superficial y dolorosa. No había tiempo para admirar la belleza salvaje del paisaje; solo existía la urgencia de llegar. Imaginó el rostro sereno de Amelia, y la imagen chocó violentamente con el rugido despiadado del viento.
La primera vez que vi a Amelia Hunt, fue un recuerdo grabado en ébano. Estaba trepada en un roble, luchando por rescatar un gatito. Ese día, en lugar de conquistar estudiantes, me encontré conquistado por una visión. Llevaba coleta, cabello avellano, ojos verde olivo, y una piel pálida y delicada. Ella era hermosa, pero el vestido arremangado demasiado arriba, dejando a la vista unas preciosas y delicadas piernas y un liguero, la hacían irresistible. Me encontré genuinamente absorto, deteniendo el tiempo, y por un instante, olvidé que Ethan estaba conmigo…
Desde la trágica muerte de Ethan, había vivido con la culpa clavada como una espina. Las habladurías me tenían hastiado; Dina Paterson había causado suficiente daño con sus palabras el día del entierro.
La alarma llegó con el golpe constante en la puerta de mi despacho.
—¡Joven Elliot, Amelia no fue al pueblo hoy! —me dijo Luisa con el rostro pálido.
Solo alcancé a tomar mi chaqueta. —Llama al médico, Luisa. Yo me voy a caballo.
Mi corcel, Antares, me llevó a galope profundo. La cabaña en el risco se alzaba hostil. Llegué justo a tiempo para ver a Amelia recostada en el piso.
Perdí la calma cuando su mirada febril se clavó en la mía.
—Elliot, no me dejes sola —Su voz era un gemido—. El bebé ya viene, no sé qué hacer, ¡ayúdame por favor!
La abracé y la cargué a la cama, mientras una contracción la hacía gritar.
Yo no estuve para Ethan, esa voz me gritaba. Pero sería yo el que estaría para su hijo y para ella.
Los gritos de Amelia pasaron de dolorosos a agónicos.
—¡Elliot, sangre! —Su llamado me heló la sangre.
Levanté la sábana. La profusa sangre que pintaba su cama me obligó a actuar.
—Amelia, por favor, ayúdame, necesito que respires despacio.
Con sumo respeto, y luchando contra el pudor de ella, levanté sus piernas. Tenía solo diecinueve años, sola, sin un médico y con un imbécil de veintidós que no tenía ni idea.
—Vamos, pequeña, necesito que te esfuerces, estás sufriendo tú y él bebé también.
Por un momento, el tiempo se detuvo. Tener al pequeño bebé en mis brazos llorando fue un shock. Lo acerqué a los brazos de Amelia.
—Evan, tu nombre será Evan… —murmuró ella, antes de mirarme—. Elliot, ¿no crees que es cruel la vida? me negaron siquiera poder nombrarlo como su padre.
El cansancio, la tristeza y las lágrimas la vencieron.
A la mañana siguiente, con Amelia y el bebé a salvo, mi inquietud creció hasta volverse un peso inconmensurable. Mi corazón se apretó al recordar que en su momento le había exigido a Ethan que enmendara la situación y no la dejara en la pobreza de esa cabaña. Esa exigencia, ese ultimátum de nobleza, fue lo que precedió su "muerte por honor." Mi sentimiento culpa era inmensa.
Las condiciones actuales de Amelia eran el recordatorio de la soledad y la condena social a la que quedó expuesta, no había manera de que ella viviera así después del nacimiento del pequeño, no lo permitiría.
—Doctor, ¿Amelia y el niño pueden viajar?
—Sí, por supuesto que sí. Además, un cambio de ambiente la ayudaría. Es prácticamente vital para ambos, joven.
La Señora Paterson advirtió que se presentaría pronto.
Me arrodillé frente a ella. Su respiración era calmada, pero la tristeza en su rostro seguía siendo palpable. No pude evitar tomar su pequeña manita del bebé en sus brazos. Verlos de esa manera, envueltos en la necesidad, me confirmó mis decisiones.
Soñolienta, Amelia intento acomodarse, las pocas fuerzas que le quedaban, las dedico a agradecer mi presencia.
—Pense que ya no estarías aquí Elliot, disculpa no tengo nada que ofrecerte y tengo tanto que agradecer.
—No tienes por qué agradecer nada, Amelia. Aquí es donde quiero estar. ¿Acaso ya no somos amigos?
—Claro que sí, Elliot. Yo te quiero mucho
—me dijo, con un rubor en sus mejillas pálidas.
Me aclaré la voz. —Yo solo cuido, protejo y amo a mis amigos. Por eso, necesito que vengas conmigo a casa.
Ella sintió pánico. —Pero, Elliot, tu nombre, ¿tu reputación? no puedo simplemente ir contigo, sería perjudicarte de muchas maneras.
—Pequeña, de mi reputación me encargo yo. Lo tuyo solo es cuidar bien a este hermoso bebé.
No permití negativa alguna.
—¡Jonathan, encilla mi caballo y parte a la mansión! Dile a Luisa que hoy mismo llego con Amelia y el niño, que preparen la habitación.
Mi caballerango se giró, dudoso. —¿Disculpe, joven amo, cuál habitación?
—La mía, por supuesto —dije.
Al tener al niño en mis brazos me había JURADO que no crecería sin un padre, y que esa arpía no lastimaría por más tiempo a Amelia.