-¿Acaso nos está siguiendo?-me pregunta Martin mientras observamos cómo se levanta de su toalla y camina hacia nosotros.
-Vaya, que coincidencia-dice Claudio una vez está cerca de nosotros. Levanto una ceja y Martin bufa.
-Escucha idiota, deja de seguirnos o te rompo la cara-le dice Martin, agarro su mano para contenerlo.
-Tranquilo-dice Claudio levantando las manos, luego mira nuestras manos juntas y se cruza de brazos.
-¿Vámonos?-le digo a Martin ignorando al idiota que hay frente a mí.
-Veo que después de todo, no eras honesta conmigo-dice Claudio justo cuando nos damos vuelta para alejarnos. Lo ignoro.- Yo sabía que ustedes dos tenían algo.
-Escúchame, imbécil, y escúchame bien porque no voy a volver a repetírtelo-digo girándome y acercándome a él.- Jamás te mentí, y este o no con Martin, no es de tu maldita incumbencia- estoy muy cerca de él, casi lo he acorralado contra un árbol. El me observa detenidamente.
-¿Entonces qué haces aquí?-me pregunta. Sonrió con sorna y me alejo un poco.
-Respirar, comer, observar a idiotas…-digo mientras miro a mi alrededor y luego vuelvo a mirarlo.- Sea lo que sea que haga, no es tu problema.
Sin esperar respuesta, me di media vuelta y camine. Martin estaba mirándome apoyado contra un árbol, gustoso de mi actitud. Al pasar por su lado se me unió. No mire hacia atrás, pero el solo imaginarme la cara de Claudio sonreí.
Caminamos unos diez minutos alrededor del bosque, observando la playa. Había gente, pero era poca, perfecta para poder relajarse. El teléfono de Martin sonó, y se detuvo junto a un árbol para contestar.
-Voy a sentarme-le digo sin mirarlo. Me dirijo en línea recta hacia la playa, coloca la toalla a unos metros de donde la arena se ve húmeda y me siento. Esta calma y paz interna no la sentía hace mucho tiempo. Me saco el vestido y las sandalias, me levanto y me acerco al agua. El día esta maravilloso, con sol, y el agua esta fresca, perfecta para el calor. Me sumerjo mas en el agua, dejando solo mi cabeza fuera. Miro a Martin, que se acerca a la toalla y se sienta. Le hago señas con la mano y el me la devuelve. Comienzo a nadar hacia los lados, de manera rítmica y en un trecho corto, no quiero perder de vista mi toalla. Después de un rato me quedo flotando, las olas son pequeñas y no hay ninguna corriente que me lleve, así que floto relajada, sin moverme.
-¿Podemos hablar ahora?-escucho a mi lado. Doy un respingo y me volteo.
-Enserio, deja de hacer esto, pareces un psicópata-digo alterada mirando a Claudio.- ¿Qué quieres hablar?
-Sobre nosotros-me dice. Su cabello claro tiene unas pequeñas gotitas de agua.
-Np hay ningún nosotros, Claudio-digo, y comienzo a nadar de vuelta a la orilla.
-Perdóname-dice el detrás de mí. Me detengo.
Jamás, en todo el año que estuvimos juntos, lo escuche pedir perdón. Creo que una de las razones por las que quise terminar con él era su incapacidad de reconocer su error. Y él sabe cuánto significa para mí que el pida perdón. Los recuerdos comienzan a inundar mi cabeza. La sacudo, ya tengo el corazón partido, no puedo volver a partírmelo, menos por él.
-Es muy tarde para eso-le digo, y sin mirarlo nado rápidamente hacia la orilla.
Tom
Las gafas de sol y el gorro no ocultaban mucho su verdadera identidad, por ello el rubio decidió colocarle una peluca negra bajo la gorra, que si bien le hacía ver de aspecto gracioso, ocultaba a la perfección quien era. La morena se había colocado unos anteojos simples y una peluca negra. La verdad era que su disfraz no la ocultaba lo suficiente, pero al menos tendrían que mirarla dos veces para darse cuenta de quién era ella.
-Es solo para el camino hacia el embarque-le dice al rubio a él.
-Dímelo cuando tengas que usar esta estúpida peluca-dice él, el rubio se rio por lo bajo.
-Ya estamos aquí-dice la morena interrumpiendo su conversación.
Él traga fuertemente, está nervioso. Ni siquiera le ha dicho a su familia que se va, y es que sabe que lo habrían detenido. El rubio baja primero del auto, le sigue la morena. Finalmente él se baja. Observa un segundo a su alrededor, nadie les presta demasiada atención. Caminan hacia la entrada del aeropuerto, seguidos del chofer que les lleva las maletas.
-¿Qué estoy haciendo?-se pregunta él por lo bajo, alcanzándolo a escuchar su amigo rubio.
-Oye, si no quieres ir no debes hacerlo-le dice el rubio deteniéndose y agarrándolo por el hombro. Él lo mira.
-si quiero-dice él.- Pero tengo miedo.
-¿De qué?-pregunta su amigo.
-De que ya sea demasiado tarde-dice él.