*** Atención: contenido para adultos *** Regina devolvió el beso de Quarin con un gemido de satisfacción, y mientras tanto logró desabotonarle la camisa, sacándola del pantalón y liberando su torso musculoso, con una piel tan suave y cálida que parecía de terciopelo. Lo acarició con amplios movimientos, y cuando él se separó de su boca, ella le besó todo el tronco, dejando que de vez en cuando sintiera los dientes en algún mordisco tierno, y lamiéndole los pezones. Aquel cuerpo magnífico le hacía la boca agua. “¿Qué haces?” dijo él, jadeante. “Eres más bello que una estatua griega” murmuró ella, continuando su dulce asalto. Sentada sobre su pelvis, se dio cuenta de que, allá abajo, algo se despertaba. Él le acarició el rostro y los hombros, con una mirada soñadora. “Tesoro mío, la her

