Después de algunos días, todavía le costaba tomar el ritmo. Se levantaba a las 6, se arreglaba y desayunaba en el bar, donde solía encontrarse con Barska, que la cortejaba sin tregua, y a las 6:55 estaba delante de la cocina, peinada y con el uniforme planchado.
Como de costumbre, ya encontraba al chef afilando su precioso juego de cuchillos, a veces durante media hora seguida, mientras ladraba órdenes. Poco a poco fue acostumbrándose a cortar verduras, pero cuando aprendía algo, aparecía otra tarea más difícil. Ahora era el turno de amasar. Y allí llegaban los regaños.
"¡La masa es horrible, se desmorona! ¡Así los fideos no aguantarán la cocción y se convertirán en un mamarracho espantoso! ¡Hay que rehacerla por completo! ¿Qué haces? ¡No la tires, en la cocina se reutiliza todo si se puede! Quiero que la recuperes con una receta de tu invención; si está buena te perdonaré. Pero los fideos hay que prepararlos de nuevo. A propósito, ¿saben cómo se despiden los panaderos?
"Díganoslo usted, ¿cómo se despiden?" dijo Raessa, alzando los ojos al cielo.
"¡Hasta la próxima hornada!" y soltó una carcajada, mirando hacia arriba en solitario.
"¡Oh no, esa fue terrible, chef!"
"¡Tú eres terrible! ¡Vamos, deshuésame esas codornices!"
Raessa sonrió y se acercó a Regina:
"¿Tienes una idea de cómo recuperar la masa?"
Regina, desconsolada, negó con la cabeza.
"Ya que se desmorona, puedes reducirla en pedacitos y secarlos. Luego los mueles y haces una especie de sémola para añadir a un buen caldo, así crearás una crema que acompañe carne o pescado. Si quieres, te ayudo."
"¡Gracias infinitas, Raessa, eres mi salvadora!"
Después del turno, había que limpiar la cocina de arriba abajo. El chef inspeccionaba y, si no brillaba como un espejo, obligaba a repetir el trabajo una y otra vez.
A las 11 todos se detenían para un tentempié; a las 12:30 se servía el almuerzo y luego había que volver a limpiar.
A las 14 terminaba el turno de la mañana y entraba el siguiente equipo para ultimar la limpieza.
Ella tenía dos horas libres para comer algo y dormir, y a las 16 empezaba como camarera. Fue asignada a Iris, que le mostraba cómo hacer el trabajo y le daba encargos nada ligeros.
"¿Hablas en serio?"
"Por supuesto, Regina. Aquí nos importa la limpieza perfecta del barco."
"¡Pero has dicho que debo limpiar todas las superficies visibles!"
"¿Puedes sacar el cajetín del detergente de la lavadora?"
"Sí, pero..."
"Entonces también debes limpiarlo."
"Bueno… en teoría..."
"Pues entonces, el cajetín tiene que estar limpio."
Ella murmuró una queja, pensando que esa gente estaba loca.
Tras una hora arrodillada, limpiando con cepillo y palillos, estaba segura de haber hecho un gran trabajo y lo anunció con orgullo. La camarera inspeccionó.
"¿Y esto?" preguntó, levantando un tapón de plástico que Regina no había visto. Estaba lleno de suciedad.
La certeza de tener que seguir trabajando la hizo gemir de frustración.
"¡Oh no, llevo más de una hora de rodillas, juro que no siento las piernas!"
"Vamos, apresúrate y limpia, ¡floja! ¿Prefieres fregar los retretes en tu primer día de trabajo?"
Ella suspiró. Con un quejido de protesta volvió a arrodillarse, murmurando toda su decepción.
Al principio Regina pensó que, siendo la última en llegar, era lógico que le cargaran las tareas más pesadas. Luego entendió que Iris tenía un interés por Barska y le molestaba verlo tan pegado a ella.
Una vez bajó con un carrito de ropa sucia recogida de las habitaciones, y los escuchó hablar:
"¡Barska, quítate! Primero todo mimos conmigo y luego vas a rondar a la nueva."
"Pero, ¿qué dices, tesoro? ¡Si yo sólo tengo ojos para ti! Dame un beso..."
"No. ¡Ve con esa a sacarte las ganas!"
"Déjalo ya, amor, a mí me gustas mucho más tú. Ella tiene un palo en el trasero, se nota... no sabe divertirse. Y además es feíta. ¡Tú eres espléndida!"
"No es lo que le dices a ella, ¡te he oído!"
"Pero sólo quiero que se sienta bienvenida. ¡Si es ella la que se me muere detrás! Pero tú eres la única en mis pensamientos..."
Y siguió con una lista de cosas que querría hacerle.
Regina se alejó lo más silenciosa posible, herida. Había empezado a tener un flechazo por ese chico, creyó en sus cumplidos y pensaba que se estaba enamorando. Se secó una lágrima. ‘¡Qué estúpida! Menos mal que me di cuenta a tiempo… No le importo nada, sólo quería que cediera a sus avances. ¡Todos los hombres son iguales!’
En los días siguientes intentó comportarse como siempre, pero estaba desilusionada y él notó que su cortejo ya no tenía efecto. Eso no lo desanimó, al contrario, insistió aún más. Pero Regina ya había descubierto sus verdaderas intenciones.
De vez en cuando Bernard le preguntaba cómo estaba, pero ella, aunque estuviera agotada, nunca se quejaba. No quería que pensara que no era capaz de aguantar el trabajo y la despidiera. Poco a poco progresaba en la cocina.
No le gustaba limpiar cubiertas y cristales, no porque fuera más duro que arreglar habitaciones, sino porque a veces se encontraba con Quarin. Y cada vez era un terrible malestar.
Una tarde estaba limpiando los ventanales del salón que daban a la piscina y lo vio con Charmant tomando el sol en las tumbonas. A su lado estaba acurrucada la perrita Numa. Maldita sea, también le tocaba limpiar por fuera. Decidió quedarse dentro lo más posible, tal vez se irían. Abrió una de las ventanas lo más silenciosa posible, esperando que la música del chiringuito tapara el ruido.
"Quarin, ¿me pones crema en la espalda?"
"No, no quiero engrasarme las manos."
"Pero yo no alcanzo, si me quemo será culpa tuya."
"¿Por qué no te quedas bajo la sombrilla entonces?"
"¡Qué preguntas! Me quiero broncear, ¿no?"
"A esta hora el sol ya no quema, no necesitas crema."
"¡Claro que sí, me salen arrugas antes de tiempo!"
"¿En la espalda?"
"¡En todas partes! ¿Me la pones o debo pedírselo a un camarero?"
"Uff... está bien, dámela."
‘Mmmm, qué atento con su novia’, pensó Regina.
Había terminado todo el interior, ahora le quedaba sólo el último cristal. Quarin se había quedado dormido y Charmant leía. ¡Lo lograría!
Pero la perrita empezó a gruñir. ¡Oh no! La había notado. Aceleró para terminar rápido, sin preocuparse de hacer ruido. Numa comenzó a ladrar y Quarin despertó. Ya la habían visto. Fingió normalidad y siguió, pero el corazón le latía como un martillo.
Escuchó a Quarin decir:
"¡Numa, ataca!"
En un instante la perrita corrió hacia ella y logró morderla justo cuando recogía sus cosas.
Él rió:
"Así aprendes a no espiar. ¡La próxima vez que te atrape te arrepentirás!"
Era inútil aclarar que sólo hacía su trabajo, así que huyó antes de que notaran sus lágrimas.
Casi chocó con Iris, que la reprendió:
"¡Atenta a dónde vas! ¿Por qué demonios corres?"
"Numa me mordió..." dijo cabizbaja, señalando la pierna. Le daba vergüenza mostrar las lágrimas.
"¡Pero estás sangrando! ¡Aléjate de la alfombra, si manchas la arruinas! ¡De verdad, esta hace enfadar hasta a los perros! Ve al baño, hay botiquín, y regresa pronto, que no es nada."
"Lo sé, lo sé, voy" respondió, pero por dentro se sentía fatal.
‘¿Ni un poco de comprensión? Evidentemente no. Nadie me quiere aquí. El Sultán me contrató sólo por agradecimiento… tal vez hasta le di pena. ¡Tengo tantas ganas de volver a casa! Pero no puedo. Sería un fracaso. Tengo que aguantar. El Señor quizá me está probando para darme algo bueno a cambio.’
Recordó que el chef finalmente le había felicitado por recuperar la masa arruinada. Estaba aprendiendo algo útil. Tal vez ése era el precio. Además, faltaban sólo 10 días para llegar a Canarias, y Quarin dejaría el barco. Debía soportar unos cuantos choques más.
‘Y también tengo que neutralizar a Numa… Tengo un plan. Ojalá funcione.’