“Aquí tienes, querida,” la recibió el Sultán. “Siéntate.” “Disculpe, su majestad, yo… no quería faltarle al respeto antes.” “Lo sé, lo sé,” sonrió él. “Pero el tema es interesante y quería hablarlo contigo.” “Claro, su majestad,” dijo ella, confundida. “Mira, querida, sé que en el mundo hay grandes disparidades de riqueza, y créeme, dado que tengo el honor y la carga de gobernar un país, me siento responsable de todos mis súbditos, especialmente de los más pobres. No solo eso, siento como mi deber mejorar la vida también de aquellos que no viven en mi país pero son tan pobres que apenas logran sobrevivir. Pero no me considero totalmente responsable de su pobreza, ¿puedes adivinar por qué?” “¿Porque no son sus súbditos, su majestad?” “En cierto sentido. Verás, hay muchas zonas del ter

