Paloma
— Quien te viera, palomita, consigues tragos gratis y se los pagas a besos — se burla Belinda.
Hace días que Belinda me molesta con lo mismo. Es bastante raro para ella verme con chicos, y no desaprovechará la oportunidad para burlarse.
En esos momentos, su mirada divertida y su risa juguetona se mezclan mientras insiste en ese tema. Como si se tratara de un entretenimiento recurrente, Belinda parece disfrutar de mi incomodidad, sacando a relucir su vena bromista cada vez que puede. Su actitud, lejos de herirme, solo resalta la peculiaridad de la situación y despierta una sonrisa cómplice entre ambas, marcando así la singularidad de nuestra amistad.
— No te lo conté para que te burles.
No sé para qué le conté, ella no me estaba prestando atención y no se percato de nada en el bar.
— La próxima vez, el chico lindo me lo dejas a mí.
— No era tan lindo.
— Paloma — me mira intensamente.
— Bueno, pero lo que tenía de lindo, lo tenía de estúpido.
Es la verdad, ese tal Matías era un tonto. No sé por qué recuerdo su nombre todavía.
A veces, en retrospectiva, me pregunto cómo es posible que su nombre persista en mi memoria. Tal vez sea porque su presencia dejó una marca peculiar en esa noche tumultuosa. El recuerdo de sus intentos torpes por impresionar, su actitud presuntuosa que rozaba lo ridículo, y sus intentos de coquetear que más bien resultaron patéticos. Aunque, en realidad, podría ser simplemente porque los momentos extraños a menudo se quedan grabados de manera inesperada en la mente.
[...]
Debería decir que mi hermano no es precisamente el maestro de la discreción, y es obvio que le contó a Ernesto lo sucedido la noche anterior. Su habilidad para guardar secretos es tan escasa como su paciencia en una fila de supermercado. No hay sorpresas cuando se trata de compartir detalles, incluso los más íntimos, de mi vida.
— ¿Saliste la otra noche? — me pregunta Ernesto.
— Julio es un chismoso — resoplo.
— Me hubieras dicho y yo salía contigo.
— Surgió de repente el plan.— Afirmé
— No me gusta que salgas sola.
— Ya hemos hablado, Ernesto, ahora no tengo tiempo para tener novio — le digo por décima vez.
— Palomita, yo te quiero de verdad, solo una oportunidad.
Me quedé en silencio, sintiendo la suave presión de sus labios sobre los míos. En ese breve instante, el tiempo pareció detenerse mientras mi corazón latía con una mezcla de sorpresa y anticipación. Sus labios se separaron rápidamente, dejando un rastro cálido que resonó en mi piel. En mi interior, las emociones bailaban entre la curiosidad y la incertidumbre, creando un momento suspendido en el aire cargado de posibilidades.
— Ernesto — me quejo.
— Paloma, los dos nos gustamos y nos conocemos desde niños.
Recuerdo claramente aquel momento, cuando su persistencia finalmente hizo mella en mis dudas. Cediendo ante sus argumentos convincentes, tomé la decisión de ser su novia. Los días transcurrieron con una velocidad sorprendente, llenos de risas compartidas y descubrimientos mutuos. Cada instante consolidaba la certeza de que aquel paso, aunque vacilante al principio, había sido acertado.
— Creo que necesito otro trabajo, otra vez no llego con las deudas.— Expresé
— Te presto dinero— me ofrece mi tía.
— No puedo seguir así, tía.
Al pedir prestado, me encuentro frente a la realidad de que no resolveré mis problemas financieros. Las deudas acumuladas parecen asfixiarme, y en este momento, necesito alejarme de las soluciones rápidas. Me sumerjo en la necesidad de pensar, reflexionar sobre mis decisiones y trazar un plan que no solo alivie la carga actual, sino que también establezca bases sólidas para el futuro. Cierro los ojos, buscando claridad en medio del caos económico que me rodea, consciente de que la verdadera solución no yace en préstamos momentáneos, sino en la construcción de una estrategia financiera más sólida.
— Paloma, deberías estar estudiando en la universidad.
— No puedo, tía. Hay becas o universidades públicas, pero ¿en qué momento?. Trabajo hasta tarde y en las mañanas llevo a Flor a la escuela.
— Si tu madre viviera...
— Pero no es así.
— Era como tú, hermosa trabajadora.
— Y mi padre, ¿cómo era? — murmuro.
Lo piensa un momento y me contesta:
— No sé.
— ¿Me abandonó antes o después de saber que yo venía en camino?
Caminaba por las sombras de un misterio que envolvía mi mente. Cada paso que daba, las dudas crecían como sombras alargadas. Nadie se atrevía a revelar su nombre, como si estuviera protegido por un velo de secretos. La curiosidad me empujaba hacia el desconocido, pero el silencio a mi alrededor creaba una barrera impenetrable. ¿Quién era él? ¿Por qué el misterio lo envolvía como un abrazo frío? El aire se llenaba de susurros, pero ninguno pronunciaba su nombre, dejándome inmerso en una búsqueda sin respuestas.
— No recuerdo, mi amor. Lo único que sé es que era un hombre con dinero; tal vez él podría ayudarte.
— No creo, tía.
Llega Sergio, interrumpiendo nuestra conversación.
— Chismeando — bromea.
— Algo así.
— ¿Cómo estás, prima? — me saluda con un beso en la mejilla.
Conocí a Sergio cuando éramos apenas unos niños. Aunque técnicamente no es mi primo, su madre Clara es como una tía para mí. A lo largo de los años, hemos compartido risas, travesuras y momentos especiales que solo la cercanía familiar puede crear. Nuestra conexión va más allá de los lazos sanguíneos; somos amigos de toda la vida, y cada recuerdo que compartimos es una prueba de la sólida amistad que une a nuestras familias.
Después de compartir mis problemas con Sergio, su disposición fue admirable. Trabaja en un bar nocturno y, al enterarse de mi situación, habló con su jefe. Tras una entrevista por sorteo, conseguí el trabajo en un lugar desocupado. Aunque es solo un trabajo más, la solidaridad de mi tía, ofreciéndose a ayudarme con Florencia, podría ser la clave para superar mis dificultades.