Paloma
Creo que no he despertado; esto es un sueño. Llegué a la casa de mi supuesto padre, todavía no sé cómo me atreví. La puerta se abrió, y allí estaba el estúpido que me besó en el bar.
Tiene una sonrisa de suficiencia, luciendo más atractivo que la última vez. Está vestido con una remera musculosa que resalta sus brazos marcados y unos shorts negros que revelan su figura atlética. Parece listo para alguna actividad deportiva, y su presencia despierta una mezcla de emociones en mí.
—Sé que soy hermoso, pero no tienes que mirarme así —se burla.
—Eres un...
—Viniste por otro beso —sonríe con suficiencia.
Digo lo más estúpido que puedo decir.
—¿Qué haces acá?
—Es mi casa, te preguntaría lo mismo.
Tierra, trágame. De todas las personas del mundo, él tiene que vivir acá. La sensación de incomodidad crece, y comienzo a dudar si esto es algún tipo de error. Tal vez estoy en la casa equivocada; esa es la única explicación lógica que encuentro en mi mente mientras enfrento esta situación incómoda.
—Necesito hablar con Gabriel Montiel.
—¿Qué quieres hablar con mi padre?
—Es tu padre —pensé en voz alta.
Incesto, bueno, él me besó, pero igual me provoca asco. Estas cosas solo te pasan a ti, Paloma Ferrer.
—¿Qué quieres con él?
Llega una señora de cabello oscuro y sus ojos son idénticos a los de él. Su presencia denota elegancia y porte, con un atuendo bien arreglado y maquillaje impecable. La mirada que me dedica es analítica, recorriéndome de arriba abajo con un aire de evaluación.
—Entra por el cuarto de servicio, niña.
Claro, estoy vestida con mis tenis, unos jeans gastados y una remera corta. Con solo la mirada me intimida.
—Yo, yo no —tartamudeé.
—No eres la nueva sirvienta, con esas fachas.
Recupero mi voz.
—No, yo necesito hablar con Gabriel Montiel.
—¿Quién eres y de qué tienes que hablar con mi marido, niña?
Qué descortés, Paloma, no te presentaste.
—Yo soy Paloma Ferrer.— Extendí mi mano
Ella ignora mi acercamiento. Estoy a punto de irme cuando llega un hombre de ojos azules y cabello castaño. Es él. Se ve de unos cuarenta años, está vestido con un traje n***o que resalta su figura esbelta y una corbata blanca que le confiere un aire elegante. Su expresión es muy seria y fría, como si la presencia de una desconocida no le causara ninguna impresión. La atmósfera se vuelve tensa con su llegada, y sus ojos azules parecen penetrar en mi alma mientras me observa detenidamente.
—Papá, esta muchacha te busca.
—Usted es Gabriel Montiel, ¿verdad? —le pregunto.
Me mira y su expresión fría cambia, me sonríe.
—¿Ximena?
—No, soy Paloma Ferrer; necesito hablar con usted a solas.
—Te presentas en mi casa a ordenar —me dice la señora.
—No, señora, solo es un asunto personal.
Tal vez don Gabriel no quiere que su familia se entere, no quiero causar un desastre.
— ¿Tienes asuntos personales con mi marido? Lárgate — Ella se centra en él—. ?Esta es tu amante?.
— Claro que no —Afirma don Gabriel.
— Cálmate, mamá.
— ¿Qué es esto, Gabriel?
Ya se estaba poniendo incómodo.
— Yo puedo venir en otro momento —me dirijo a la salida.
— Tú te quedas, niña. Todos te queremos escuchar.— Espeta la señora
— ¿Cómo está tu madre? ¿Ella te envió? —me pregunta Gabriel.
— No, murió hace mucho —digo con tristeza.
— Lo siento. ¿Y qué necesitas, Paloma?
Es ahora o nunca, Paloma. Ya llegaste muy lejos.
— Usted tuvo una relación con mi madre hace veintidós años — Pregunté y él asiente—. La fecha de esta fotografía es un año antes de mi nacimiento. Ella nunca me habló de mi padre hasta que encontré la fotografía, y mi abuela me habló de usted —explico.
— Esto tiene que ser una broma, ¿quieres dinero? —me pregunta la señora.
— No.
— Papá, di algo.
Tenía que preguntar, su silencio me estaba matando.
— Usted sabía, me abandonó, o no es mi padre. Solo quiero saber la verdad.
La señora lleva su mano a su pecho.— Esto no puede ser, eres una basura, Gabriel, me engañaste.
— Engañaste a mamá con esa mujer.
¿Qué hice?... Los dos no dejan de gritar, esta situación se ha convertido en un completo desastre y lo cause yo.
La señora ignora mi acercamiento. Estoy a punto de irme cuando llega un hombre de ojos azules y cabello castaño. Es él. Se ve de unos cuarenta años, está vestido con un traje n***o que resalta su figura esbelta y una corbata blanca que le confiere un aire elegante. Su expresión es muy seria y fría, como si la presencia de una desconocida no le causara ninguna impresión. La atmósfera se vuelve tensa con su llegada, y sus ojos azules parecen penetrar en mi alma mientras me observa detenidamente.
La señora lleva su mano a su pecho y exclama—Esto no puede ser, eres una porquería, Gabriel, me engañaste.
—Papá engañaste a mi mamá.
—No, mi matrimonio con tu madre fue arreglado; ni siquiera nos conocíamos. Yo estaba enamorado de Ximena. Cuando descubrió que estaba comprometido, se enojó mucho y se fue. No volví a saber de ella —El se centra en mí—. Paloma, te juro que no sabía que estaba embarazada.
La señora, furiosa, ordena—¡Que se largue esta niña!
Bueno, quería la verdad, ya la sé. Es obvio que acá no soy bien recibida.
Me disculpo y me marcho corriendo, sintiendo el peso de la decepción y la incomodidad en el aire.