El sofocante calor no la dejaba dormir, cientos de vueltas sobre la cama vacía, pensamientos estériles martilleaban su cabeza, miró el reloj de la mesita, 4,15 de la tarde, tarde veraniega, tarde solitaria. Marina se levantó titubeante, como recién pisada tierra después de una movida y larga travesía marítima, su cuerpo se balanceaba por el largo pasillo intentando encontrar la estabilidad física consciente de que la emocional se encontraba a mil millas de allí. Entró en su coqueto baño, puntillas adornando las malvas paredes, una toalla verde sobre el cesto lleno de la ropa sucia, y enfrente suya un pie de ducha cerrado por opacas cristaleras que la invitaban a entrar. Encendió el agua caliente, a pesar de ser verano, odiaba el agua fría con la misma fuerza con la que amaba la tibia cal

