Y con cada palabra que sueltan, la sangre se me sube a la cabeza, hierve, y siento que voy a volverme una asesina si no dejan de hablar de mi esposo. A pesar de que debería gritarles y mandarlas con los tiburones, giro sobre mis zapatos y me alejo del lugar. —Él me trajo, él debe verme solo a mí.-Gruño sintiendo rabia por creerse a tener derecho sobre él. Sigo avanzando, sin saber hacia dónde voy, pero es que todas esas palabras de esas mujeres, sobre esa tal Julia, sobre lo que tendrán con ellas, su... su... trío. —Pues veremos si se realiza lo que dicen. Sigo acelerando el paso y cada vez me doy cuenta de que lo que dijo esa mujer sobre que no hay hombres en el barquito es real. —¿Srta?.—Otra mujer, aunque es mucho más mayor y parece de las que arreglan las habitaciones. —Usted d

