PVO Cassidy. Sé que no debería creerle. Sé que lo correcto sería buscar al capitán de este maldito barquito y gritarle que he sido subida sin mi consentimiento. Que estoy aquí contra mi voluntad. Que he sido prácticamente secuestrada por un hombre obsesivo que insiste en llamarse mi esposo. Debería hacerlo. Pero no lo hago. Porque, aunque mi cabeza grita peligro, mi corazón late traicionero cada vez que él me mira y toca a su voluntad como si de verdad le perteneciera. Y yo odio eso. —Cassidy, abre la maldita puerta. Esto ya me está agotando la paciencia —insiste por enésima vez. Me encojo en la esquina más alejada del baño, abrazando mis rodillas como si así pudiera desaparecer. —Y cuando me molesto, créeme, no te va a gustar. Un escalofrío me recorre mi espalda. —¡Vete al diabl

